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miércoles, 25 de noviembre de 2015

“Una teoría revolucionaria”. Editorial16 El Amigo del Pueblo, número 5. Barcelona, 20 de julio de 1937







El giro que han tomado los acontecimientos después de los sucesos de mayo es
realmente aleccionador. En la correlación de las fuerzas, que se manifestaron en la calle
durante las jornadas de julio, se ha producido una sensible transformación.
Aquel poderío gigantesco que giraba en torno de la CNT y de la FAI, un año ha, ha
sufrido un notable relajamiento. No se trata de que las masas obreras se hayan divorciado
del sentir revolucionario que es algo inherente a la organización confederal y específica.
Los trabajadores continúan abrazando el mismo frenesí de las primeras jornadas.
La trayectoria descendente ha de atribuirse exclusivamente a la ausencia de un
programa concreto y de unas realizaciones inmediatas, y que por este hecho hemos caído
en las redes de los sectores contrarrevolucionarios, en el preciso momento en que las
circunstancias se desenvolvían netamente favorables para una coronación de las
aspiraciones del proletariado. Y al no dar libre cauce a aquel despertar de julio, en un
sentido netamente de clase, hemos posibilitado un dominio pequeño-burgués que de
ninguna de las maneras podía producirse si en los medios confederales y anarquistas,
hubiese prevalecido una decisión unánime de asentar el proletariado en la dirección del
país. Pero no ha habido una visión de las incidencias vividas. En julio no interpretamos
aquella hora grandiosa. Tuvimos miedo. Los cañones de las escuadras extranjeras
infundieron pusilanimidad a un crecido porcentaje de militantes. Cedimos terreno a los
sectores que más tarde se han enfrentado con las organizaciones típicamente
revolucionarias con pretensiones de un destacado cariz reaccionario.


16 El número 5 es uno de los más interesantes de El Amigo del Pueblo. En primera página aparece un
artículo titulado: “Una teoría revolucionaria”. Sólo este editorial sería suficiente para destacar la
importancia política e histórica de Los Amigos de Durruti, no sólo en la historia de la guerra civil, sino de la ideología ácrata. En el editorial, Los Amigos de Durruti atribuían el avance de la contrarrevolución y el fracaso de la CNT, tras su triunfo de julio del 36, a una sola razón: la ausencia de un programa revolucionario. Y esa había sido también la causa de la derrota de Mayo de 1937. La conclusión a la que habían llegado era definida con una enorme claridad.
                               
                           
No consideramos que los fracasos haya que achacarlos exclusivamente a los
individuos. Tenemos sendas pruebas de que la inmoralidad ha contribuido enormemente al
deslunchamiento [?] de fechas atrás. Pero lo que verdaderamente ha contribuido, es decir,
ha decidido la pérdida sensible de una revolución que sólo se podía escapar de las manos
de unos incapaces, es la omisión de una directriz que hubiera marcado de una manera
inconfundible el camino a seguir.


La improvisación siempre ha dado resultados pésimos. Nuestra presunción de que
las concreciones sociales se forjan sin que exista una determinante que vele celosamente
por la salvaguarda de las premisas de la revolución, es un tanto desplazada. Y en julio el
determinante eran la CNT y la FAI, cometiéndose la simpleza de que una revolución de
tipo social podía compartir sus latidos económicos y sociales, con los factores enemigos. Y
éste fue el error máximo, pues hemos dado calor a la pequeña burguesía que se ha vuelto
airada contra la clase trabajadora cuando por efecto de los derroteros de la guerra ha
hallado un firme sostén en las llamadas potencias democráticas.


En mayo se volvió a plantear el mismo pleito. De nuevo se ventilaba la supremacía
en la dirección de la revolución. Pero los mismos individuos que en julio se atemorizaron
por el peligro de una intervención extranjera, en las jornadas de mayo volvieron a incurrir
en aquella falta de visión que culminó en el fatídico “alto el fuego” que, más tarde, se
traduce, a pesar de haberse concertado una tregua en un desarme insistente y en una
despiadada represión de la clase trabajadora. La causa la hemos señalado. De pruebas
tenemos muchas. A los pocos días de julio, algunos militantes que han participado en las
formaciones híbridas, afirmaban públicamente que se había de renunciar al comunismo
libertario. Pero lo que no se puede comprender es que después de esta negación, no se
presentase inmediatamente una afirmación clara y categórica.


De manera que, al despojarnos de un programa, léase comunismo libertario, nos
entregamos por entero a nuestros adversarios que poseían y poseen un programa y unas
directrices. Desde este instante se perfiló nuestro desplazamiento, pues dábamos razón a
los partidos que tan sañudamente habíamos combatido y a quienes entregamos en bandeja
una resolución que nadie nos podía regatear. La falta de sentido de clase también ha
coadyuvado a la etapa de descenso que estamos presenciando. A través de determinado
discursos se han lanzado expresiones de un calibre contrarrevolucionario. Y en nuestras
intervenciones hemos ido a remolque de la mesocracia, siendo así que había de ser la
organización mayoritaria de julio la que había de disponer, en un sentido absoluto, de la
cosa pública. Y a los partidos pequeño-burgueses había que aplastarlos en julio y en mayo.
Opinamos que cualquier otro sector, en el caso de disponer de una mayoría absoluta como
la que poseíamos nosotros, se hubiera erigido en árbitro absoluto de la situación.


En el número anterior de nuestro portavoz precisábamos un programa. Sentamos la
necesidad de una Junta revolucionaria, de un predominio económico de los Sindicatos y de
una estructuración libre de los Municipios. Nuestra Agrupación ha querido señalar una
pauta por el temor de que en circunstancias similares a julio y mayo, se proceda de una
manera idéntica. Y el triunfo radica en la existencia de un programa que ha de ser
respaldado, sin titubeos, por los fusiles.

No obstante el cúmulo de errores cometidos, es presumible que más tarde o más
temprano se volverá a manifestar el proletariado. Pero lo que se ha de procurar es que en la
ocasión inmediata no vuelvan a prevalecer los timoratos y los incapaces que nos han
situado en un terreno que está erizado de sumas dificultades.

Las revoluciones sin una teoría no siguen adelante. “Los Amigos de Durruti”
hemos trazado nuestro pensamiento que puede ser objeto de los retoques propios de las
grandes conmociones sociales, pero que radica en dos puntos esenciales que no pueden eludirse. Un programa y fusiles.

Mantengamos el criterio apuntado en los Sindicatos, en los lugares de trabajo.
Hagamos prevalecer nuestros propósitos. Sin nerviosismos estériles, sin precipitaciones
contraproducentes, preparemos a la clase trabajadora para que sepa escalar de una vez el
lugar que le corresponde y que por falta de una teoría revolucionaria se ha perdido
lastimosamente.


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