In LSD Veritas -

Benvinguts al meu racó.


Sé tu propia luz.

domingo, 28 de mayo de 2017

El Maquis a Catalunya (1939-1963) - Serie completa

Serie de TVE "El maquis a Catalunya" (1989). Ofrecemos la serie completa (7 capítulos) en catalán, subtitulados en castellano, imprescindible para profundizar en la figura de los maquis.
Cap. 1 Surgimiento del Maquis
El 1 de abril del 39 acababa la guerra con el triunfo de las fuerzas franquistas. Pocas semanas antes, cerca de medio millón de catalanes habían iniciado el camino del exilio hacia Francia.
Sin embargo, muchos catalanes, no se consideraban derrotados Algunos optaron por seguir luchando en la resistencia francesa contra la ocupación nazi, y otros se infiltraron, Pirineo abajo, para conectar con el maquis catalán, rural y urbano, que comienza a actuar a partir del mismo 39.

El maquís catalán surge como defensa y resistencia desesperada, delante la fortísima represión indiscriminada que se abate sobre Catalunya, en estos primeros años de régimen franquistas.




Cap. 2 La invasión del Valle de Arán
Liberada la mayor parte de Francia, en el verano del 44,la progresiva retirada de los alemanes produjo un clima de entusiasmo y euforia entre los guerrilleros y los refugiados, que creían que los días del franquismo estaban contados.

Fue entonces cuando la UNE (Unión Nacional Española) plataforma política del PCE, comienza a preparar la operación "Reconquista de España" que consistía en introducir desde el Pirineo vasco hasta el Pirineo Catalán ocho o diez mil guerrilleros. La zona de penetración más importante tenía que ser el Valle De Arán.
De junio a septiembre el Estado mayor de la agrupación Guerrillera, envía varios grupos al otro lado del Pirineo con el fin de explorar el terreno y averiguar si el pueblo estaba dispuesto a secundar el alzamiento armado contra el régimen franquista.





Cap. 3 Ascensión y caída del Maquis urbano
Domènec Ibars, Luchador en el maquis francés y jefe de 35 guerrilleros catalanes, se encontraba casualmente en Hendaya. Al enterarse que aquel mismo día se produciría el histórico encuentro entre el "Caudillo " y el "Führer" decidió efectuar la primera de una serie de acciones siempre
silenciadas y mantenidas ocultas por el franquismo: El intento de acabar con la vida del general Franco.

Domènec Ibars, llamado "El Rosset",había esperado en vano a su compañero en el atentado; Nunca llegó porqué había estado detenido. La estación se encontraba militarmente tomada. Decidido a actuar en solitario, provisto de explosivos suficientes para acabar con la vida de los dos dictadores, El "Rosset" se dirigió hacia la estación de Hendaya. A pesar del control militar, Ibars consiguió atravesar un control y acercarse al anden.

Pero ya no pudo llegar más allá de donde se encontraba y tuvo que volver hacia atrás, impotente. Desde el punto más próximo conseguido, era imposible atentar.





Cap. 4 Marcelino Massana
A pesar de ser característica y más conocida en Catalunya la guerrilla urbana, que centra su actuación en Barcelona ciudad y cercanías, existió una importante actividad guerrillera que actuó en numerosas comarcas catalanas.

Igualmente, el grupo de maquis rural que tuvo más eco popular y más calidad fue el de Marcelino Massana, conocido por "Pancho" entre el maquis. La comarca del Bages y sobretodo el Berguedà y sus entornos fueron las zonas donde durante seis años la partida de Massana plantó cara al régimen franquista.

Nacido en Berga el 3 de octubre de 1918, en la calle Reverendo Huch, nº 8, Marcel.li Massana era el más pequeño de tres hermanos. Perdió a su madre a los siete días de vida. Entonces le hacía de madre adoptiva, Filomena Solé,"La dida", por la que siempre sentirá una gran estimación y se
arriesgará a visitarla en muchas ocasiones en Berga, en los años del maquis.




Cap. 5 José Luis Facerías 
José Luis Facerias, conocido más por "Face" o por "Petronio" por sus amigos y compañeros más íntimos, fue, juntamente con Quico Sabater, uno de los exponentes máximos de la guerrilla urbana en Cataluña, de los años cuarenta y cincuenta.

Jefe de guerrilla, era físicamente un hombre bien plantado, elegante, un verdadero "Dandy".

Intrépido hombre de acción, destacó por su excepcional talento y lucidez, llegando a ser uno de los organizadores más capaces con que contó el maquis urbano libertario de la época. Muy pronto ocupó cargos de responsabilidad, dentro del clandestino movimiento libertario catalán.

Nacido en Barcelona el 6 de enero de 1920, en el 36, estaba afiliado al sindicato de la Madera de la CNT y a las Juventudes libertarias del Poble Sec.(Barrio Barcelonés).





Cap. 6 Quico Sabater Llopart
A finales de diciembre de 1959, Quico Sabater con 4 guerrilleros más inicia el que sería su último viaje. A pesar de que se sabía del intercambio de información entre las policías española y francesa. El Quico atravesó la frontera por Cuscoià. La guardia civil estaba apostada por todos los pasos
fronterizos en grupos de tres. Había tropas de refresco apostadas en Albanya. Mientras numerosas patrullas recorrían continuamente la zona.

Desde 1945 a 1960 los grupos de acción de Quico Sabater intervinieron en numerosos hechos. Transporte de armas de lado a lado del Pirineo, atentados políticos, atracos, y otros actos de propaganda antifranquista. En estas actividades Quico vería como caerían 15 de sus hombres.



Cap. 7 Ramón Vila "Caraquemada"
Ramón Vila Capdevila, también conocido como "Pasos Largos", "Caracremada" y por "Capitán Raymond" en la resistencia francesa, fue uno de los más destacados guerrilleros del maquis catalán.

De un valor y coraje personal extraordinario no toleró nunca al fascismo, al que combatió hasta la muerte. El otro jefe guerrillero del Bergadà, Marcelino Massana, decía de él: "El Ramón fue, sin duda, el mejor de nosotros".

Era un hombre alto, con una gran fuerza física. De cuerpo ancho, y de semblante enérgico, ojos vivos, frente ancha con un aire entre selvático y tímido. Era sencillo y modesto, con gran agilidad.

Nacido en el pequeño pueblo de Pequera, en el Bergadà, en 1908, le pequeño le decían "El Maroto" que era el nombre de la masía donde vivía.





miércoles, 17 de mayo de 2017

Sociedad y trabajo.





La desconexión entre la esfera (individual) privada y la (colectiva) pública a través de la sacralización de la propiedad privada genera las relaciones de poder y por lo tanto de conflicto que deben ser administradas por el mismo ente (Estado) que implantó e impuso la propiedad privada (con todas sus implicaciones) como sistema de organización social y económico. La causa del sistema, es decir, el Estado se superpone con el efecto (Capital) para introducirlo como forma de propaganda en la sociedad y adherirse a ella como causa y efecto natural de la voluntad del individuo y la sociedad.

Elegir o ponerse a favor o en contra entre un gobierno menos coercitivo que otro es la trampa que nos ofrece el sistema para crear más división y justificar su dominación en los gobernados.

Los intereses individuales se contraponen con los colectivos del tal forma que los acuerdos y la organización de las sociedades entran en contradicción permanente, de manera que la competitividad del trabajo asalariado impuesto para poder sobrevivir necesita de un ente administrador (Estado) que legisle la vida de los individos con intereses opuestos, debido a la invasión de la propaganda capitalista del sistema que los enfrenta continuamente en un estado de paranoia y sumisión.

El valor del trabajo no debe medirse cuantitativamente sino cualitativamente, de esta forma se anula el valor del tiempo en el trabajo por el valor del trabajo en sí, con la finalidad de evitar acumular mercancías y servicios del valor del tiempo en el trabajo para su posterior especulación. En esta coyuntura el trabajo de la mercancía y el servicio se mide por la necesidad y no por la seguridad de la acumulación del valor que se obtiene del tiempo trabajado, evitando también la jerarquización y las relaciones de poder que se derivan de aquella y la competitividad, de manera que el trabajo que vaya a desempeñar el individuo en cada momento de su vida sea libre de coerciones dictadas por la Autoridad del Estado y el Capital.


martes, 16 de mayo de 2017

lunes, 15 de mayo de 2017

El doble discurso justifica la dictadura.


El capitilismo es el fascismo encubierto por la democracia liberal que divide a la sociedad en clases a partir de la meritocracia (el Gobierno de los mejores gobernantes y gobernados) . Se impone y acaba interiorizando un doble discurso para justificar el sistema de dominación y de este modo excluir a los menos adaptados y a los que se oponen de algún modo u otro a la dictadura. Por eso motivo el capitalismo ha triunfado como sistema al disponer de los medios necesarios para alcanzar un efecto totalizador en la sociedad que simula una democracia en forma de libertades administradas y reguladas por el mismo Estado que impone a su vez una dictadura del capital en su dimensión económica y social que acaba por totalizar la vida de la sociedad, ésta última interiorizada como libertades relativas (en mayor o menor grado), dependientes en última instancia de la economía.

Mientras el Estado represente la legalidad no habrá solución para la emancipación de la sociedad.

El utilitarismo ha mercantilizado las relaciones sociales.

domingo, 14 de mayo de 2017

Manifiesto contra el trabajo - Grupo Krisis - Robert Kurz

1. El dominio del trabajo muerto

«Todos deben poder vivir de su trabajo, dice el principio planteado. Poder vivir está, por tanto, condicionado por el trabajo, y no existirá tal derecho, si no se cumple esta condición.»
Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del derecho natural según los principios de la doctrina de la ciencia, 1797
Un cadáver domina la sociedad, el cadáver del trabajo. Todos los poderes del planeta se han unido para la defensa de este dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, los sindicatos y los empresarios, los ecologistas alemanes y los socialistas franceses. Todos conocen una única consigna: ¡trabajo, trabajo, trabajo!
A quien todavía no se haya olvidado de pensar, no le resultará difícil darse cuenta de la inconsistencia de una posición semejante. Pues la sociedad dominada por el trabajo no está pasando por una crisis temporal, sino que está llegando a sus límites absolutos. La producción de riquezas se está alejando cada vez más –en una medida que hasta hace pocas décadas sólo era concebible en la ciencia-ficción– del uso de mano de obra humana como consecuencia de la revolución microelectrónica. Nadie puede afirmar seriamente que este proceso se vaya a parar o que tenga marcha atrás. La venta de la mercancía mano de obra va a ser tan prometedora en el siglo XXI como la de sillas de posta en el XX. Sin embargo, en esta sociedad, a quien no puede vender su mano de obra se le considera «excedente» y se le manda al vertedero social.
¡El que no trabaje, no come! Esta cínica fórmula todavía es válida, y hoy en día incluso más, porque se vuelve irremisiblemente obsoleta. Es absurdo: la sociedad nunca ha sido tan sociedad del trabajo como en un momento en que el trabajo se está haciendo innecesario. Es precisamente en el momento de su muerte cuando el trabajo se revela como un poder totalitario que no admite otro dios a su lado. Determina el pensar y el actuar hasta en los poros de la cotidianidad y la psique. No se ahorran esfuerzos para prolongar artificialmente la vida del ídolo trabajo. El grito paranoico de «empleo» justifica que se fuerce incluso la destrucción, hace tiempo conocida, de los fundamentos de la naturaleza. Cuando se abre la perspectiva de un par de miserables «puestos de trabajo», se permite dejar de lado acríticamente los últimos obstáculos a la comercialización total de todas las relaciones sociales. Y se ha convertido en un acto de fe comúnmente exigido la idea de que es mejor tener «cualquier» trabajo que ninguno.
Cuanto más patente es que la sociedad del trabajo está llegando a su final definitivo, con tanta más violencia se oculta ese final a la conciencia pública. Los métodos de ocultación pueden ser tan distintos como se quiera, pero tienen un denominador común: el hecho mundial de que el trabajo se evidencia como un fin absoluto irracional, que se ha hecho obsoleto a sí mismo, es redefinido con la terquedad de un sistema enloquecido como el fracaso personal o colectivo de individuos, empresas o «enclaves». El límite objetivo del trabajo debe parecer, pues, un problema subjetivo de los excluidos.
Si para unos el paro es el producto de pretensiones desmesuradas, de falta de disposición a rendir y de flexibilidad; los demás le reprochan a «sus» directivos y políticos incapacidad, corrupción, codicia o traición a su enclave económico. Y al final todos acaban por coincidir con el ex presidente federal alemán Roman Herzog: el país necesita de un «empuje» que lo recorra de parte a parte, como si se tratase de un problema de motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen que remar con fuerza «como sea», aun cuando haga tiempo que se le hayan escapado los remos de las manos; y todos tienen que ponerse manos a la obra «como sea», aun cuando no quede nada (o sólo sinsentidos) que hacer. El trasfondo de este triste mensaje es inequívoco: el que a pesar de todo no consiga la gracia del ídolo trabajo, tendrá él mismo la culpa, y se le podrá prescribir y expulsar sin problemas de conciencia.
Esta misma ley de la víctima humana tiene validez mundial. Las ruedas del totalitarismo económico aplastan un país tras otro y demuestran así siempre lo mismo: que éstos han contravenido las llamadas leyes del mercado. Al que no se «adapte» incondicionalmente y sin considerar las pérdidas al transcurso ciego de la competencia total, le castigará la lógica de la rentabilidad. Las bases de la esperanza de hoy son la basura económica de mañana. A pesar de esto, los psicópatas económicos que nos dominan no se dejan perturbar lo más mínimo por lo que se refiere a su explicación estrafalaria del mundo. Ya se ha declarado deshechos sociales a tres cuartas partes, más o menos, de la población mundial. Se hunde un enclave económico tras otro. Después de los desastrosos «países en vías de desarrollo» del Sur y después de la subdivisión de capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en el Este, han desaparecido asimismo en el infierno de la catástrofe los alumnos ejemplares de la economía de mercado en el sudeste asiático. En Europa también hace tiempo que se está extendiendo el pánico. Sin embargo, los jinetes de la triste figura de la política y la dirección empresarial continúan su cruzada en nombre del ídolo trabajo con tanto más ahínco.

Fuente : "Manifiesto contra el trabajo"

Descargar texto en pdf:  "Manifiesto contra el trabajo"
Traducción alternativa en pdf:  "Manifiesto contra el trabajo"

martes, 9 de mayo de 2017

¿Quien mató a Ned Ludd? - John y Paula Zerzan



Pero volviendo a los ludditas, no encontramos al respecto más que unos cuantos relatos en primera persona y una tradición prácticamente secreta, principalmente por que se proyectaron a sí mismos en sus actos y no en una ideología.

Pero ¿esto es todo?. Stearns, quizá el comentarista más cercano a los hechos, escribió: «los ludditas desarrollaron una doctrina basada en las supuestas virtudes de los métodos manuales». Casi les llama
con condescendencia «los miserables retrasados», y hay seguramente algo de verdad en esta afirmación. El ataque de los ludditas no estaba ocasionado por la introducción de máquinas nuevas, como suele creerse, puesto que no hay ninguna evidencia de ello en 1811 y 1812, cuando el luddismo comenzó a actuar. La destrucción se practicaba sobretodo contra los nuevos métodos de producción
chapucera, dictados para hacer funcionar las nuevas máquinas. No era un ataque contra la producción sobre bases económicas, sino que era ante todo la respuesta violenta de los obreros textiles (pronto secundados por otros) a las tentativas de degradación en forma de un trabajo inferior: baratijas, piezas montadas deprisa y corriendo, eran por lo general las causas principales.

Las ofensivas ludditas generalmente correspondieron a períodos de depresión económica; el motivo es que los patronos aprovecharon en ocasiones tales períodos para introducir nuevos métodos de
producción. Pero también es cierto que no todos los períodos de pobreza engendraron luddismo, pues este aparecía en zonas no especialmente empobrecidas.

Leicestershire, por ejemplo, fue el peor punto en los malos momentos y era una zona productora de manufacturas laneras de la mejor calidad; Leicestershire fue un poderoso núcleo luddita.
Preguntarse qué podía tener de radical un movimiento que al parecer «se limitaba» a pedir el abandono de las labores fraudulentas es no captar la íntima verdad de un supuesto acertado, que ambas partes asumieron entonces: la relación entre la destrucción de maquinaria y la sedición. Como si la lucha del productor por la integridad de su trabajo vital pudiera llevarse a cabo sin poner en tela de juicio el capitalismo entero. La petición del abandono de labores fraudulentas supone
necesariamente un desastre y, en la medida en que se exija, una batalla de derrota total o victoria total. Lo cual afecta directamente al núcleo de las relaciones capitalistas y a su dinámica.

Otro aspecto del fenómeno luddita generalmente considerado con condescendencia a base de ignorarlo por completo, es el aspecto organizativo. Los ludditas, como ya sabemos, golpeaban
salvaje y ciegamente, mientras que sólo los sindicatos proporcionaban formas de organización a los trabajadores. Pero, de hecho, los ludditas se organizaron local e incluso federalmente agrupando a los
obreros de todos los ramos con una coordinación sorprendente.

Evitando cualquier estructura alienante, su organización, sabiamente, no era formal ni permanente. Su tradición de revuelta carecía de núcleo y prevaleció durante largo tiempo a modo de «código no
escrito»; la suya era una comunidad no manipulable, una organización que se sustentaba en sí misma. Todo lo cual, desde luego, resultó esencial para la aparición del luddismo y para su enraizamiento. En la práctica, «ningún nivel de actividad de los magistrados ni la ampliación de los contingentes militares extirpó el luddismo. Todos sus ataques revelaban un plan y un método», constata
Thompson, que da crédito también a su «altiva seguridad y a sus comunicaciones».

Descargar texto: ¿Quien mató a Ned Ludd?

lunes, 8 de mayo de 2017

La Abolición del trabajo - Bob Black.




Nadie debería trabajar.

El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los
males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo
diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una
nueva forma de vivir basada en el juego; en otras palabras, una convivencia
lúdica, comensalismo, o tal vez incluso arte. El juego no es sólo el de los
niños, con todo y lo valioso que éste es. Pido una aventura colectiva en alegría
generalizada y exhuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo.
Sin duda necesitamos mucho mas tiempo para la simple pereza y vagancia que el
que tenemos ahora, sin importar los ingresos y ocupaciones, pero, una vez
recobrados de la fatiga inducida por el trabajo, casi todos nosotros queremos
actuar. El Oblomovismo y el Estajanovismo son dos lados de la misma moneda
despreciada.

La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad existente. Peor
para la "realidad", ese pozo gravitatorio que absorbe la vitalidad de lo poco en
la vida que aún la distingue de la simple supervivencia. Curiosamente -- o
quizás no -- todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el
trabajo. Algunas de ellas, como el Marxismo y la mayoría de las ramas del
anarquismo, creen en el trabajo aún mas fieramente porque no creen en casi
ninguna otra cosa.

Los liberales dicen que deberíamos acabar con la discriminación en los
empleos. Yo digo que deberíamos acabar con los empleos. Los conservadores apoyan
leyes del derecho-a-trabajar. Siguiendo al yerno descarriado de Karl Marx, Paul
Lafargue, yo apoyo el derecho a ser flojo. Los izquierdistas favorecen el empleo
total. Como los surrealistas -- excepto que yo no bromeo -- favorezco el
desempleo total. Los Troskistas agitan por una revolución permanente. Yo agito
por un festejo permanente. Pero si todos las ideólogos defienden el trabajo (y
lo hacen) -- y no sólo porque planean hacer que otras personas hagan el suyo --
son extrañamente renuentes a admitirlo. Hablan interminablemente acerca de
salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, rentabilidad.
Hablarán alegremente sobre todo menos del trabajo en sí mismo.

Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus
ideas sobre el trabajo, pese a su importancia en nuestras vidas. Discuten entre
ellos sobre los detalles. Los sindicatos y los patronos concuerdan en que
deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia,
aunque regatean por el precio. Los Marxistas piensan que deberíamos ser mandados
por burócratas. Los anarco-capitalistas piensan que deberíamos ser mandados por
empresarios. A las feministas no les importa cuál sea la forma de mandar,
mientras sean mujeres las que manden. Es claro que estos ideo-locos tienen
serias diferencias acerca de cómo dividir el botín del poder. También es claro
que ninguno de ellos tiene objeción alguna al poder en sí mismo, y todos ellos
desean mantenernos trabajando.

Debes estar preguntándote si bromeo o hablo en serio. Pues bromeo y hablo en
serio. Ser lúdico no es ser ridículo. El juego no tiene que ser frívolo, aunque
la frivolidad no es trivialidad: con frecuencia debemos tomar en serio la
frivolidad. Deseo que la vida sea un juego -- pero un juego con apuestas altas.
Quiero jugar para ganar.

Descargar: "La Abolición del trabajo"

domingo, 7 de mayo de 2017

Contra el fetichismo obrero: Apuntes para superar la terminología marxista entre los anarquistas - Manuel de la Tierra.

                     
  


                                            Publicado en: El Surco Nº15 - Chile

"Mira qué fácil es todo, cuando está bien explicado, me han dicho que el mundo es la lucha entre los buenos y los malos.
Que está la clase explotada y enfrente la explotadora y la lucha entre los dos bandos es el único motor de la historia.
Cualquiera que sea un currante, por el mero hecho de serlo, está de nuestro lado y merece nuestro respeto.
Por contra están los ricos, que son siempre los culpables de todo lo malo que ocurra y de todo lo malo que pase.
Y yo pienso que esta forma de no pensar es una mierda que impide ver los problemas tal como son, la realidad tal como es.
Simplificarlo todo así, sólo nos puede conducir a darnos contra una pared y creernos que eso es resistir"

(Producto Interior Bruto)

Hay entre los que se reclaman revolucionarios hay un cierto grado de sacralización de las figuras del obrero, del sindicalismo, de las masas y de la idea de lucha de clases. Si uno plantea la transformación social sin centrar el análisis en estos sujetos, conceptos y espacios, se estaría cometiendo herejía. Entre más “popular” vista el individuo o su organización, más genuinamente revolucionario es. Si no te llenas la boca con “proletariado”, “lucha de clases” otras palabras del mismo tono y no centras la acción cotidiana en ellas, ya no eres uno de ellos. A lo sumo serás un ambiguo postmoderno, un infantilista irresponsable o, derechamente, un reaccionario. Por supuesto, esta situación no es ajena a los llamados anarquistas. Y a mi entender esto se debe a que no nos hemos sabido librar completamente de la herencia analítica, estética y discursiva de los paradigmas revolucionarios marxistas de los sesenta, setenta y ochenta. El anarquismo criollo no ha superado del todo el trauma del izquierdismo que alguna vez reemplazó su lugar en el combate anti-estatal (MIR, FPMR, MJL). Hablo de trauma porque el rebrotar de la actividad libertaria en los noventa encontró huérfano al “movimiento anarquista” de referentes locales de su propia ideología (extintos hace tiempo), lo que llevó a muchos, explícitamente a veces, inconscientemente en otras, a acercarse a los modelos de análisis marxistas, a adoptar su estética, su memoria histórica y, lamentablemente, a copiar en ciertos casos sus modelos de organización. Las consignas, las demandas, los 29 de Marzo y los 11 de Septiembre, son los ejemplos más visibles de este proceso.

El recuerdo de los que combatieron y murieron por la libertad y el de las experiencias subversivas de otras vertientes ideológicas es sumamente importante si buscamos en ello herramientas para el hoy, pero es contraproducente cuando rememorar se vuelve un porfiado ejercicio para traer fórmulas del pasado que ya no resisten al presente. Por mucho que se le enrostre al marxismo la burocratización y el autoritarismo en cada una de sus experiencias históricas, cuestión irrefutable por lo demás, no vemos un vivo atrevimiento ni la intención a lo menos de cuestionar y cambiar tajantemente las herramientas de investigación sociológica que ellos emplean y que nosotros no abandonamos aún.

El principal problema que veo en esto es que por no cuestionar las claves de análisis del marxismo y sus terminologías, concluimos encerrándonos en sus mismas lógicas estrechamente economicistas en donde la revolución depende de las estructuras de producción, excluyéndose del estudio (y combate) las múltiples aristas del sistema de dominación que no necesariamente se vinculan al trabajo asalariado. A saber, la cultura, la política, el inconsciente colectivo, las diferencias étnicas y etcétera. Según los marxistas todo esto depende de los modos de producción (estructura y superestructura), entonces si trasformamos la economía, cambiaremos todo lo demás. (1) Y para modificarla hay que tomar el control político del Estado con la consiguiente y macabra dictadura del proletariado, que no es más que la dictadura del Partido Comunista. Pero para nosotros quienes sostenemos que no hay igualdad ni libertad en donde existen jerarquías y control policiaco, ninguna dictadura es deseada. Y aún en el caso de que trasformemos la economía suprimiendo en el proceso la estructura orgánica del Estado (instituciones, espacios y capacidad de control), aquello no importa una relación directa con la modificación del pensamiento individual. Es más fácil hacer notar a alguien que su jefe lo explota a explicarle que deje de creer que su compañera es su propiedad, que el peruano o el argentino no es su enemigo o que se puede vivir mejor sin autoridad alguna. Por muy comunista que sea la economía, no hay revolución alguna si no hay un cambalache categórico de las estructuras mentales. Y la economía no determina las cosmovisiones, sino una serie de factores que tienen que ver primordialmente con las experiencias particulares de cada ser. (2) La cuna no determina tu lugar en la lucha, eso sería creer que la distribución de mentalidades en el orden actual es como generalmente lo fue en la edad media europea. Un obrero puede ser tan enemigo de la libertad como su patrón. ¡Falsa conciencia! -nos gritan los marxistas y quienes creen en sus metodologías: como los poderosos controlan la cultura, modifican las aspiraciones de los obreros y los hacen renegar de los “verdaderos” intereses de su clase, pero cuando llegue el día –nos advierten- en el que todos los trabajadores se hagan la idea de que son una gran unidad histórica y de que juntos deben hacer la revolución anteponiendo sus intereses a los de las clases hegemónicas, se acabará la falsa conciencia y la sociedad de clases. Bonita ilusión, decimos, que no considera siquiera las dinámicas de la sociedad moderna en donde los roles se confunden anulando las divisiones nítidas entre los diversos actores sociales.

Hoy, un siglo y medio después de cuando se trazaron las ideas genéricas del materialismo histórico, tiempo en que todas las estructuras de dominación se han perfeccionado y sofisticado sobremanera, urge cuestionar todo aporte teórico desde esas vertientes. Y no se trata de destruir por destruir, por cierto.

Apremia también cuestionar el modelo de “explotados y explotadores”, pues ya no hay sociedad –y nunca la hubo- dual. Las redes de poder y los conflictos en sus entretejidos son muchísimo más complicadas que un simple encontrón entre burgueses malvados y proletarios descamisados. En todo individuo hay un opresor, en todo trabajador hay un capitalista, en todo militante hay un militar: es preciso acabar con todos.

Si bien el anarquismo tuvo una época en que su relación con el mundo de las organizaciones de trabajadores era estrecha, innovando orgánicamente y aportando de diversas formas a sus luchas contra las redes de poder económico y estatal; su cuerpo teórico concibió ideas de redención que sobrepasaban los márgenes productivos. La idea era la transformación integral del individuo y con él de la sociedad toda. No te liberas en cuanto a tu clase, sino en tu calidad de ser. Ni opresores ni oprimidos, he ahí la cuestión primera.

Volviendo a la necesidad de superar al materialismo histórico en el campo anarquista me resulta preocupante el afán de muchos de “reafirmar el carácter de clase del anarquismo”. Haré referencia a un artículo de la revista plataformista Hombre y Sociedad, pero insisto en que esto no solo está presente en dicha corriente. No criticaré punto por punto sus postulados que, asumo, están inspirados de buena fe, aunque no concuerde con la mayoría de ellos. Pero sí me interesa ejemplificar el problema con éste, un típico caso de matrimonio entre anarquismo y fetichismo obrerista, en donde abundan los términos “proletariado”, “dialéctica”, “conciencia de clase”, “masas”. Aunque, como veremos, la similitud no sólo está en las palabras, sino también en las claves de lectura de la realidad. Espero no distorsionar el sentido del texto, como ocurre casi siempre cuando se cita para debatir, pero creo que este párrafo habla por sí sólo. Dicen desde H&S para combatir a los detractores de su tendencia:

“Así la resistencia a la plataforma aparece como la resistencia a dar el salto de un anarquismo abstracto, marginal, a ser parte activa en la lucha de clases, a hacerse parte de las dificultades reales que experimentan los movimientos sociales, por temores virginales a lidiar con la política real, se trata del temor natural que produce esta idea de que el anarquismo es sólo una posibilidad que hay que hacer parir, además del miedo al dolor y al trabajo que éste implica necesariamente” (3) (la negrita es mía).

¡Ay de nosotros los abstractos, los marginales y ajenos a las reales dificultades, los de vírgenes temores, los miedosos al dolor y al trabajo! Pero más allá de la arrogancia evidente, y de la ignorancia respecto a los costos que implica desarrollar la anarquía en otras formas, lo que me urge referir sobre este artículo es el porfiado tema de la lucha de clases. En donde no se concreta un cuestionamiento a la terminología marxista sino que, sirviéndose de ella, se permiten definir entre anarquismos concretos y abstractos. Personalmente valoro todo trabajo que se haga para mermar el sistema de dominación, cuanto más diversos mejor, y me agrada la preocupación por hacer más efectiva la presencia de las prácticas y valores libertarios en la sociedad, como supongo a la gente de H&S, pero me parece peligroso que se alimenten del materialismo histórico sin hacer al mismo tiempo una crítica profunda (más allá de los lugares comunes: antiburocracia, antipartidismo, etc.) de sus estrechos marcos economicistas. ¡La vida social es mucho más compleja que las relaciones con el malvado capital! Antes que el capital está la autoridad, y no hablo solo de las fuerzas evidentes del Estado o sus edificios y símbolos (Ejército, carabineros, cárceles, escuelas, edificios administrativos), sino –y principalmente- de aquella red de creencias que hacen de él una fortaleza aparentemente inexpugnable. Creencias como aquella hegemónica –y pilar de la dominación- que nos advierte que no se puede vivir sin autoridad. Y a esa máxima no la acabaremos únicamente con piedras y bombazos, ni con huelgas ni grandes manifestaciones. Aunque todo sirve, por cierto.

Y como soy un convencido de que las formas de combatir los mil rostros de la dominación pasan por multiplicar mil espacios de respuesta y contraofensiva, no puedo dejar de cuestionar aquella creencia (que también empieza a abundar entre los ácratas) que invita a distanciarse completamente de la lucha económica por considerarse funcional al orden. En esa lógica, por ejemplo, el sindicalismo vendría a ser otro instrumento más de dominación.

Veamos un caso. En el nº 53 de la publicación anti-plataformista Libertad! de Buenos Aires apareció un artículo firmado por Patrick Rossineri que sintetiza esta idea (4). Coincidimos en su análisis, más no en las conclusiones. Ante la pregunta de si acaso es posible o deseable para los anarquistas horizontalizar y autogestionar los sindicatos, el articulista remata negativamente, aunque deja en claro la necesidad de fortalecer entidades anarcosindicales, el trabajo en los barrios y con los no sindicalizados, con los cesantes. Bien dice Rossineri que el sindicato está inserto en el sistema de dominación en tanto reproduce al mismo en las estructuras jerárquicas de su funcionamiento interno, así como en su disponibilidad a las subvenciones estatales. Y es cierto que el sindicato es hoy un organismo autoritario y pancista, sólo preocupado en demandas inmediatas de caracteres gremiales y restringidos a su particular radio de acción. Ya no existe la huelga política, la huelga solidaria, como otrora cuando por ejemplo los gremios paraban sus labores para apoyar a otros sindicatos o reclamar la libertad de los presos políticos. Pero, a nuestro juicio, que el sindicato esté amarrado a la estructura de poder no implica negar la posibilidad para un anarquista de luchar en él. Requerimos transformar todos los espacios en los que nos desenvolvemos ¿por qué éste no? Y esto tampoco significa claudicar, hay que combatir a los politicastros, a los legalistas y todo dirigente sindical debe ser objeto de desconfianza en tanto autoridad, pues la delegación y la sumisión muchas veces visten ropajes simpáticos. El sindicato es una herramienta como tantas otras y además se ha mostrado útil para detener el abuso patronal en no pocos casos. Creo más bien que el problema pasa por no hacer del sindicato y el sindicalismo la panacea. Por su parte el anarcosindicalismo es una solución parcial y limitada a la burocratización del sindicato legal y partidista, pero no es en sí mismo la solución al general sistema de dominación.

La gesta libertaria trasciende nuestro lugar en el sistema de producción y el entretejido de relaciones salariales en el que sobrevivimos. Hasta acá llegamos hoy. El llamado es a cuestionar el uso indiscriminado y acrítico de la terminología y las claves de análisis marxistas entre los anarquistas, y para sugerir cuidado sobre su antípoda antieconómica. Y es que el anarquismo no depende de las estructuras de producción, pero tampoco puede desentenderse de las mismas. Pero y en todo caso, no es la verdad anarquista la que habla hoy, sino la limitada opinión de uno de los miles que se reclaman como tal. Provocar a la reflexión es la idea.

Citas:
[1]. A pesar de las reformulaciones y “actualizaciones” del pensamiento marxista, por ejemplo con el rescate de los aportes sobre “hegemonía” de Gramsci (opacado por largo tiempo en A.L. por Althusser y compañía), estas ideas continúan intactas. Entre otros véase, Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, X edición, Siglo XXI, Santiago, 1972.
[2]. Incluso los mismos historiadores marxistas lo han notado, aunque no se note en las directrices de sus partidos. Estúdiese los aportes de E. P. Thompson y su “Formación de la clase obrera en Inglaterra”, Editorial Crítica, Barcelona, 1989.
[3]. El artículo referido es “A propósito de las resistencias a “La Plataforma”: Contribución a un anarquismo de masas.”, Hombre y Sociedad, nº 24, Invierno 2009, Santiago, p.15.
[4]. “El sindicato como herramienta de dominación”, Libertad!, nº 53, Octubre-Noviembre 2009, Buenos Aires.


Fuente: http://elanticristodistro.blogspot.com.es/2011/03/contra-el-fetichismo-obrero-apuntes.html

viernes, 5 de mayo de 2017

Pressentiments.


El anarquismo, es decir, el comunismo libertario se diluye en los anarquismos.

El respeto por la Autoridad es mediocridad.

La jerarquización de la sociedad determinó la explotación y la dominación.

La creación del ejército perfeccionó y fortaleció el sistema de dominación implantando una organización social basada en un aparato de administración burocrático que origonó el Estado y sus instituciones coercitivas de control y poder sobre la sociedad.

La conciencia reside más en la observación del presente que en el conocimiento o pensamiento basado en la experiencia del pasado.

El auto-engaño de sentirse realizada con el trabajo asalariado viene precedida por una voluntad de poder y por lo tanto del ser, ser algo para no sentirse minusvalorada en la sociedad de la competencia, el odio, la violencia, y el consumo. La subordinación a cambio de cuotas de poder y en último caso para la supervivencia del más apto.

La voluntad de poder nace de la ausencia de auto-estima, para posteriormente edificarse en el dominio sobre el otro o en el desprecio y el odio cuando no se le puede someter, dando sentido de esta manera a una vida vacia que necesita camuflarse constantemente de distintas formas de poder como la principal fuerza motriz en la que se asienta el individuo y la sociedad.

La doble moral es el mecanismo perfecto por el cual se puede justificar el Yo ante la hipocresía reinante en la que se sustenta el sistema de dominación.

No somos dueños del tiempo, sólo parte de él.

En la sociedad de la dominación el Yo se forja en la imagen que cada individuo proyecta al exterior en base a sus capacidades y características intrínsecas para poder competir con el otro y anularlo, la astucia suplanta a la inteligencia creando seres mediocres desprovistos de amor, la fuerza motriz es el pensamiento y no el sentimiento.




jueves, 27 de abril de 2017

Capitalismo y dominación.




Vivimos en una dictadura mundial afianzada por el aparato tecnológico impuesto por el Capital, la democracia es una utopía imposible de concebir en una sociedad capitalista debido al consenso legítimo de las mayorías que aceptan las reglas de juego del Capital. 

El Capitalismo es tan sólo una forma de dominación más en la historia de la civilización, y por lo tanto de Poder que se apoya en la jerarquización de la sociedad y sirve de base para implementar la organización y mercantilización social. 

El Capitalismo es en primer lugar un sistema social basado en el Poder y en segundo lugar un sistema económico que surge del Poder para la acumulación de Capital. De esta forma se retroalimenta para hacerse más grande y fortalecerse continuamente, eclipsando y absorbiendo en la inmensa mayoría de las ocasiones a la disidencia que lo intenta confrontar. 

Estableciendo un paralelismo astronómico, el astro, planeta u objeto con mayor masa atraerá por gravedad al de menor masa. haciéndolo orbitar en su espacio, trasladándolo a la sociedad, el individuo con más Capital ya sea cultural o económico influirá en mayor o menor medida sobre el individuo con menor Capital. De lo que se deduce que las relaciones sociales serán en general de dominación, por lo tanto nunca podrán ser igualitarias ni democráticas si la acumulación (de Capital ya sea económico o cultural) son la base en la que se asienta la sociedad.

sábado, 22 de abril de 2017

"El ABC del comunismo libertario"- Alexander Berkman.

 

                                                                      Capítulo VI


                                                                          Guerra

¡Guerra! ¿Comprendes lo que esto quiere decir? ¿Conoces
alguna otra palabra más terrible en el vocabulario del mundo?
¿No traen estas letras a tu mente escenas de matanzas y car-
nicerías, de homicidios, de pillaje y destrucción? ¿No oyes el
estruendo del cañón, el grito del herido, el estertor fi nal del que
agoniza? ¿No puedes ver el campo de batalla sembrado de cadá-
veres? Seres humanos reducidos a pedazos, esparcidos su sangre
y sus sesos, hombres llenos de vida convertidos bruscamente
en carroña. Y allí, en sus hogares, millares de padres y madres,
esposas y novias viviendo en incesante terror, en el miedo a que
la fatalidad se cebe en los seres queridos, y esperando, siempre
esperando, la vuelta de aquellos que no volverán nunca más.
Sabes lo que signifi ca la guerra. Y aunque tú mismo no hayas
estado nunca en el frente, sabes que no existe un azote más terri-
ble que la guerra, con sus millones de muertos y mutilados, sus
incontables sacrifi cios humanos, sus vidas rotas, sus arruinados
hogares, su inenarrable desolación y miseria.

“Sí, es terrible”, admites, “pero no hay modo de remediarlo”.
Tú piensas que la guerra debe existir, que cuando a veces
llega, es inevitable, que debes defender a tu país cuando esté en
peligro.
Veamos entonces si verdaderamente defi endes tu país cuando
vas a la guerra. Veamos lo que causa la guerra, y si es para bene-
fi cio de tu país para lo que te llaman a ponerte el uniforme y
empezar la operación de carnicería.
Vamos a considerar a quiénes y a qué defi endes en la guerra,
a quién le interesa ésta, y quién se benefi cia con ella.
Es preciso que volvamos a nuestro fabricante, imposibilitado
de vender sus géneros con benefi cios en su propio país. Él, como
también los fabricantes de otros productos, busca un mercado en
otro país. Va a Inglaterra, Alemania, Francia, o algún otro país
y trata de colocar allí su “sobreproducción”, su “excedente”.

Pero se encuentra con idéntica situación que en su país.
También tienen “sobreproducción”, es decir, que los trabaja-
dores están tan explotados y mal pagados que no pueden comprar
las mercancías que han producido. Los fabricantes de Inglaterra,
Alemania, Francia, etc., tienen, pues, la vista puesta en otros mer-
cados, precisamente lo mismo que el fabricante americano.
Los fabricantes americanos de una determinada industria se
organizan en un monopolio; los magnates industriales de otros
países, también, y cada monopolio nacional comienza a compe-
tir con los demás. Los capitalistas de cada país tratan de con-
quistar los mejores mercados, especialmente los nuevos. Éstos se
encuentran en China, Japón, la India y países similares, esto es, en
aquellos que no han desarrollado todavía sus propias industrias.
Cuando cada país haya desarrollado sus propias industrias no
existirá ningún mercado extranjero y, entonces, algún poderoso
grupo capitalista devendrá como el único trust, monopolizador
del mercado del mundo. Pero, entretanto, los intereses capitalis-
tas de los diferentes países industriales combaten por la posesión
de los mercados extranjeros, compitiendo entre sí. Obligan a las
naciones débiles a concederles privilegios especiales, “trato de
favor”; excitan la envidia de sus competidores, y reclaman de sus
respectivos gobiernos la defensa de sus intereses. Los capitalis-
tas americanos dirigen a su gobierno un llamamiento para que
proteja los intereses “americanos”. Los capitalistas de Francia,
Alemania e Inglaterra hacen lo propio, reclaman de sus gobiernos
protección para sus benefi cios. Entonces, los distintos gobiernos
exigen de sus pueblos “la defensa de sus territorios”.

¿Comprendes cómo funciona el juego? No te dicen que tienes
que proteger los privilegios y dividendos de cualquier capitalista
americano en un país extranjero. Saben que si te dijeran tal cosa
te reirías de ellos y rehusarías exponerte a las balas para henchir
las ganancias de los plutócratas. ¡Pero sin ti y sin otros como tú,
no pueden hacer la guerra! Por eso alzan el grito de: “¡Defi ende
tu patria!”. “¡Insultan tu bandera!”. A veces, actúan contra-
tando matones para que insulten a la bandera de tu patria en país
extranjero, o para que destrocen haciendas y bienes de america-
nos aposentados allí, para convencer a los de casa, enfurecerlos y
que se precipiten a alistarse en la Armada y el Ejército.
No creas que exagero. Es sabido que los capitalistas ameri-
canos han provocado revoluciones en otros países siempre que
han podido (particularmente en Sudamérica), a fi n de conseguir
un nuevo gobierno más “amistoso” y asegurarse así los privile-
gios que ambicionaban.

Pero, generalmente, no necesitan ir tan lejos. Todo lo más
que han de hacer es apelar a tu “patriotismo”, adularte un
poco, decirte que “puedes vencer al mundo entero”, porque eres
“superior”, y ya te tienen dispuesto a vestirte el uniforme de
soldado y a ejecutar sus órdenes.

Es para esto para lo que se utiliza tu patriotismo, el amor a tu
país. Con razón escribió el gran pensador inglés Carlyle: “¿Cuál
es, hablando en lenguaje extraofi cial, el verdadero signifi cado de
la guerra y cuál es su resultado? Por lo que sé, allá en el pueblo
británico de Dumdrudge, por ejemplo, viven y se afanan normal-
mente unas quinientas almas. De entre éstas, para combatir a
ciertos ‘enemigos naturales’ franceses, se han seleccionado sucesi-
vamente, durante la guerra francesa, repito, treinta hombres cor-
pulentos. Dumdrudge los ha amamantado y ha criado a su cargo.
Los ha alimentado, no sin difi cultades y pesares, hasta alcanzar
la madurez y hasta los ha instruido en diversos ofi cios. Así uno
sabe tejer, otro construir, otro forjar, y el más débil puede resistir
treinta piedras de dieciséis onzas (avoirdupois en el original, libra
de uso común en Inglaterra). Sin embargo, entre lágrimas y renie-
gos, son escogidos, vestidos de rojo y embarcados y enviados, a
costa del erario público a unas dos mil millas, digamos al sur de
España; y allí son alimentados sin límite.

”Y ahora, hacia ese lugar en el Sur de España, se están diri-
giendo treinta artesanos franceses, de algún Dumdrudge fran-
cés. Siguiendo el mismo camino, tras infi nitos esfuerzos, los dos
grupos se encuentran, treinta frente a treinta, cada uno con un
arma en las manos.

”Inmediatamente se da la orden de ‘¡Fuego!’ y se disparan
mutuamente matándose. En lugar de sesenta artesanos diná-
micos y útiles, el mundo tiene los esqueletos de sesenta cadá-
veres, que es preciso enterrar, para después llorarlos. ¿Existía
una disputa entre estos hombres? Por más ocupado que está
el diablo, no tenían ninguna. Ellos vivían distantes, apartados,
eran totalmente extraños, y no sólo eso, incluso, en un universo
tan amplio, existía, de modo inconsciente, a través del comercio
una cierta ayuda mutua entre ellos. ¿Qué ocurrió entonces? ¡No
seas inocente! Sus gobiernos se habrán enfrentado y en lugar de
dispararse mutuamente, tuvieron la astucia de hacer que estos
desgraciados zoquetes se dispararan los unos sobres los otros”.

No es por tu patria por quien combates cuando vas a la gue-
rra. Es por tus gobiernos, por tus dirigentes, por tus amos capi-
talistas. Ni tu país, ni la humanidad, ni tú, ni tu clase, la de los
trabajadores, ganáis nada en la guerra. Solamente se benefi cian
de ella los grandes fi nancieros y capitalistas.

La guerra es mala para ti, es mala para los obreros. Podéis
perderlo todo y nada podéis ganar en ese juego. Ni siquiera la
gloria es para vosotros, que se reserva a los grandes generales y
mariscales de campo.
¿Qué consigues tú en la guerra? Estás asqueroso, te dispa-
ran, te gasean, te mutilan o te matan. Esto es lo que sacan de la
guerra los trabajadores de cualquier país.

La guerra es mala para tu país y para la humanidad, sólo trae
masacres y destrucción. Todo lo que la guerra destroza, puentes, puer-
tos, ciudades, barcos, campos y fábricas, es necesario reconstruirlo.
Y esto signifi ca imponer al pueblo nuevas tasas, directas o
indirectas, para la reconstrucción de todo lo destruido. Porque
en último término, todo sale de los bolsillos del pueblo. Así,
la guerra los perjudica materialmente, y eso sin referirnos al
efecto embrutecedor de la misma sobre la totalidad del género
humano. Y no olvides que de cada mil asesinados, cegados o
mutilados en la guerra, novecientos noventa y nueve pertenecen
a la clase trabajadora, son hijos de obreros y de campesinos.
En la guerra moderna no hay vencedores, porque del lado
vencedor hay casi tantas pérdidas como del lado vencido, y a
veces más, como en el caso de Francia en la última Gran Guerra.

Francia es hoy más pobre que Alemania. Los trabajadores de
ambos países tienen que pagar impuestos hasta morir de ham-
bre para reparar las pérdidas sufridas en la guerra.
En todos los países europeos que participaron en la Guerra
Mundial, los salarios y los niveles de vida son mucho más bajos
ahora que antes de la gran catástrofe.
“Pero los Estados Unidos se enriquecieron en la guerra”,
objetas.
Quieres decir que un puñado de hombres ganó millones, y
que los grandes capitalistas obtuvieron grandes benefi cios.
Ciertamente que los tuvieron, los grandes fi nancieros con-
siguieron benefi cios prestando dinero a Europa con un elevado
tipo de interés y proveyéndola de material bélico y municiones.

Pero, ¿en qué te benefi cia esto?
Párate a pensar cómo paga Europa a los Estados Unidos su
deuda fi nanciera y los intereses que genera. Haciendo bregar aún
más a los trabajadores y obteniendo de ello más benefi cios.

Pagando sueldos aún más ínfi mos y produciendo géneros más
baratos los fabricantes europeos pueden vender más barato que sus
competidores norteamericanos, y por esta razón, están obligados a
producir también a más bajo coste. Así aparecen en escena su “eco-
nomía” y su “racionalización”, que te obligan a trabajar más dura-
mente o a ver reducido tu salario o a ser despedido directamente.
¿Ves, ahora, cómo unos salarios bajos en Europa afectan
directamente a tu existencia? ¿Te das cuenta de que tú, el obrero
norteamericano, estás ayudando a pagar a los banqueros de tu
país los intereses por sus préstamos europeos?


Algunas personas sostienen que la guerra es buena porque cul-
tiva el valor. Este argumento es estúpido. Es apoyado solamente
por aquellos que nunca han ido a la guerra y cuyos enfrentamien-
tos fueron resueltos por otros. Es poco honrado argumentar esto,
induciendo a pobres imbéciles a combatir por los intereses de los
ricos. Las personas que de verdad han combatido te dirán que la
guerra moderna no tiene nada que ver con el valor personal. Es
un combate de masas en el que el enemigo está a gran distancia.

Encuentros personales en los pueda vencer el mejor son extrema-
damente raros. En la guerra moderna no ves a tus contrincantes,
combates a ciegas, como una máquina. Vas a la batalla muerto
de miedo, temiendo que en cualquier momento seas reducido a
pedazos. Solamente vas porque no tienes el valor de negarte.
El hombre que hace cara a las difamaciones y a la desgra-
cia, que se alza impávido contra la corriente popular, incluso
contra sus amigos y su patria, cuando sabe que la razón está
con él, el hombre que se atreve a desafi ar a aquellos que tie-
nen autoridad sobre él y que soporta la represión y la cárcel
sin claudicar, ése es un hombre de valor. El hombre de quien
te mofas como de un cobarde porque rehúsa convertirse en
asesino, es quien necesita coraje. ¿Pero necesitas tú ser valiente
para obedecer órdenes, hacer lo que te digan y caer junto con
otros miles en la línea de fuego, con la aprobación general y a
los acordes del “La Bandera Llena de Estrellas” .

La guerra paraliza tu valor y aniquila toda esencia de la ver-
dadera virilidad. Te degrada y te insensibiliza con la excusa de
que no eres responsable, de que “no es tu obligación pensar y
razonar, sino matar y morir”, igual que los otros centenares de
miles condenados como tú. Guerra signifi ca obediencia ciega,
estupidez irrefl exiva, insensibilidad brutal, destrucción gratuita
y asesinato irresponsable.
He tropezado con personas que me dicen que la guerra es
buena porque mata a muchos y así hay más trabajo para los
supervivientes.

Considera qué terrible acusación contra el sistema actual son
estas palabras. ¡Imagínate un estado de cosas en el que los miem-
bros de la comunidad se benefi cien asesinando a un elevado número
de ellos, para que así el resto pueda vivir mejor! ¿No sería éste el
peor sistema devora-hombres, el peor de los canibalismos?
Y esto es precisamente el capitalismo, un sistema de caniba-
lismo en el que uno devora a su semejante o es devorado por él.
Ésta es la verdad del capitalismo tanto en la guerra como en la
paz, aunque en la guerra su verdadero carácter se desenmascara
y evidencia más.

En una sociedad humanizada y sensible, esto no podría suce-
der. Por el contrario, el aumento de población en una cierta
comunidad redundaría en benefi cio de todos porque el trabajo
de cada uno sería entonces más soportable.
Considerada así, una comunidad es análoga a una familia.
Cada familia necesita realizar una cierta cantidad de trabajo que
satisfaga sus necesidades. Luego, cuantas más personas de esta
familia sean aptas para realizar el trabajo necesario, más fácil
será éste para cada miembro de ella, y menos trabajo le tocará
a cada cual.

Es esto cierto igualmente para una comunidad o un país.
Cuantas más personas haya para realizar el trabajo necesa-
rio para las necesidades comunes, más fácil será la tarea de cada
miembro.
Si en el caso de nuestra sociedad presente es al contrario,
esto sólo viene a probar que las condiciones son equívocas, bár-
baras y perversas. Y aún más, que tales condiciones son absolu-
tamente criminales si el sistema capitalista puede fl orecer sobre
la matanza de sus miembros.

Es evidente, entonces, que para los trabajadores, la guerra
signifi ca tan sólo mayores cargas, más impuestos, un trabajo
más duro y la reducción del nivel de vida anterior a la guerra.
Pero hay en la sociedad capitalista una parte para quien la gue-
rra es buena. Es el elemento que gracias a la guerra ahorra dinero,
el que se enriquece con tu “patriotismo y autosacrifi cio”. Es el que
integran los fabricantes de municiones, los que especulan con los
víveres y otros suministros, los armadores de barcos de guerra.

Abreviando, son los grandes señores de las fi nanzas, la indus-
tria y el comercio los únicos que se benefi cian de la guerra.
Para ellos la guerra es una bendición. Una bendición por más
de una razón. Porque también les sirve para despistar a las clases
laboriosas y que no reparen en su miseria diaria y fi jar su atención
en la “política de altura” y en la carnicería humana. Gobiernos y
dirigentes han tratado de evitar sublevaciones y revoluciones popu-
lares organizando guerras. Tales ejemplos abundan en la historia.

Desde luego, la guerra es un arma de dos fi los. En muchas
ocasiones se convierte en insurrección. Pero esto es otra historia,
a la que volveremos cuando hablemos de la Revolución Rusa.
Si me has seguido hasta aquí, debes haber llegado a la conclusión
de que la guerra es resultado directo y un inevitable efecto del sis-
tema capitalista como las cíclicas crisis industriales y fi nancieras.
Cuando llega una crisis en la forma en la que te he descrito,
acompañada de desempleo y privaciones, te dicen que no es
culpa de nadie, que son “malos tiempos”, que es “el resultado
de la sobreproducción” y embustes similares. Y cuando la com-
petición capitalista por benefi cios y mercados provoca una gue-
rra, los capitalistas y sus lacayos, los políticos y la prensa, lan-
zan el grito “¡Salva a tu patria!”, exaltando el falso patriotismo
y haciéndote combatir por ellos en sus batallas.

En nombre del patriotismo se te ordena que dejes de ser
decente y honrado, que dejes de ser tú mismo, que suspendas el
libre ejercicio de tu razón y entregues tu vida. Te conviertes en un
diente sin voluntad del engranaje de la maquinaria homicida, obe-
deciendo ciegamente órdenes de asesinato, pillaje y destrucción.

Abandonas a tu padre y a tu madre, a tu compañera, a tus
niños y a todo lo que amas, para buscar a tu semejante y des-
trozarlo. Tu prójimo, que nunca te agravió, que tan infortunada
víctima de sus amos es como tú lo eres de los tuyos. Sólo verdad,
demasiada verdad encierran las palabras de Carlyle, cuando dijo
que “el patriotismo es el refugio de los canallas”.
¿Puedes ver ya cómo se burlan de ti, cómo eres embaucado?
Toma el ejemplo de la Guerra Europea. Considera cómo se
engañó al pueblo norteamericano para que los Estados Unidos
participaran en el confl icto. El pueblo de Norteamérica no que-
ría mezclarse en los asuntos europeos. Conocía poco de éstos y
procuraba no dejarse arrastrafr en peleas homicidas.
Por eso eligieron a Woodrow Wilson con el eslogan de “él
nos mantuvo al margen de la guerra”.

Pero la plutocracia norteamericana vio las colosales fortunas
que se podrían reunir gracias a la guerra. No les bastaban los
millones que cosecharon vendiendo municiones, armas y otros
suministros a los combatientes europeos. Benefi cios inconmen-
surablemente mayores se hicieron con la participación de un
gran país, como los Estados Unidos, con sus cien millones de
habitantes, en la refriega. Se presionó al presidente Wilson y
éste no pudo oponerse. Al fi n y al cabo, el gobierno no es más
que el criado al servicio de los poderes fi nancieros, está allí para
cumplir sus órdenes.

¿Pero cómo meter a Norteamérica en la guerra cuando su
población estaba expresamente en contra? ¿No eligieron a Wilson
bajo la promesa de mantener al país al margen de la guerra? En
tiempos antiguos, bajo monarcas absolutos, era obligatorio para
las gentes obedecer, simplemente obedecer los decretos del rey. Pero
a menudo esto implicaba resistencia y peligro de rebelión. En los
tiempos modernos existen medios más seguros y más efi caces de
conseguir que el pueblo sirva a los intereses de sus gobernantes.
Todo lo más que se necesita es convencer a las personas que ellas
mismas desean hacer lo que sus amos quieren que hagan, o sea, sus
propios intereses, por el bien de la patria, por el bien de la humani-
dad. De este modo, los nobles y bellos instintos del hombre son uti-
lizados para hacer el trabajo sucio de la clase capitalista dirigente,
para insulto y vergüenza del género humano.

Los inventos modernos ayudan a este juego y lo tornan com-
parativamente fácil. La palabra impresa, el telégrafo, el teléfono
y la radio son en conjunto seguros auxiliares para este asunto.
El genio humano que ha producido todas aquellas maravi-
llas se explota y se degrada en interés de Mammon y Marte.

El presidente Wilson ideó una nueva treta para enredar al pue-
blo norteamericano en la guerra a benefi cio del Gran Capital.
Woodrow Wilson, el primer presidente que pasó por la escuela,
descubrió una “guerra por la democracia”, una “guerra para ter-
minar con la guerra”. Bajo este lema hipócrita se emprendió una
amplia campaña por todo el país, despertando en los corazones
norteamericanos las más bajas tendencias de intolerancia, per-
secución y homicidio; colmándolos de venenosa inquina contra
cualquiera que tuviese el coraje de expresar una opinión hon-
rada e independiente. Apaleando, encarcelando y deportando a
aquellos que osaron decir que era una guerra capitalista en busca
de ganancias. Los objetores de conciencia contrarios a quitar
vidas humanas fueron brutalmente maltratados por “maricas”
y condenados a largas condenas de presidio. Hombres y muje-
res que recordaron a sus compatriotas cristianos el precepto del
Nazareno: “no matarás”, fueron califi cados de cobardes y encar-
celados. Radicales que declararon que a la guerra se iba por los
intereses del capitalismo fueron tratados como “crueles extran-
jeros” y “espías enemigos”. Se promulgaron precipitadamente
leyes y leyes para suprimir la libertad de expresión y de opinión.

Castigos horribles se aplicaron a los objetores. Desde el Atlántico
al Pacífi co una turba, borracha de patriotismo asesino, difundía
el terror. Todo el país enloquecía con el frenesí al son del patrio-
terismo. La propaganda militarista difundida por toda la nación
arrastró por fi n al pueblo norteamericano a la carnicería. Wilson
se sintió “orgulloso de combatir”, pero no se sintió orgulloso de
enviar a otros a pelear las batallas de los banqueros, a quienes
servía. “Muy orgulloso de pelear”, pero no muy orgulloso de
ayudar a que la plutocracia norteamericana acuñase oro con las
vidas de setenta mil norteamericanos, muertos en los campos de
batalla europeos.

La “guerra por la democracia”, la “guerra para terminar
con la guerra” hizo patente la más grande farsa de la histo-
ria. En realidad, inició una cadena de nuevas guerras aún no
terminadas.

Y ha sido admitido, hasta por el mismo Wilson, que la gue-
rra no sirvió a propósito alguno, excepto para que el Gran
Capital cosechase grandes benefi cios. Complicó los asuntos
europeos más de lo que lo estaban antes, empobreció a Francia
y Alemania y las colocó al borde de la bancarrota nacional.
Gravó a los pueblos de Europa con enormes deudas, y añadió
cargas intolerables a las clases laboriosas. Los recursos de cada
país fueron casi agotados.

El progreso científico sólo conoció nuevas formas de
destrucción.
El precepto cristiano se comprobó con la multiplicación de
asesinatos y los tratados se fi rmaron con sangre humana.
La Guerra Mundial edifi có fortunas colosales para los amos
de las fi nanzas, y tumbas para los trabajadores.
¿Y hoy? Hoy volvemos a estar abocados a una nueva gue-
rra, mucho más inmensa y terrible que el último holocausto.

Todos los gobiernos están preparándose para ella y empleando
los millones de dólares que extraen del sudor y la sangre de
los obreros, en la maquinaria destinada a la próxima matanza.
Medita esto, amigo mío, y ve lo que el capital y el gobierno
están haciendo por ti, haciendo para ti.
¡Pronto volverán a llamarte para “defender tu patria”!
En tiempo de paz eres esclavo en el campo o en la fábrica,
en tiempo de guerra sirves de carne de cañón. Todo a la mayor
gloria de tus amos.

Y aún te dicen que “todo está bien así”, que es “la voluntad
de Dios”, que esto “debe ser así”.
¿No ves que esto no es, en modo alguno, lo que Dios quiere,
sino las actuaciones del capital y del gobierno? ¿No puedes ver
que esto es así y “debe ser así” sólo porque tú permites a tus
amos políticos e industriales que te engañen y te estafen, y así
ellos pueden vivir en la comodidad y el lujo, gracias a tu duro
trabajo y a tus lágrimas, mientras te tratan de “clase baja”, aun-
que bastante buena para ser sus esclavos?
“Siempre ha sido así” –observas, mansamente.

Descargar "El ABC del comunismo libertario"

miércoles, 19 de abril de 2017

Sobre la guerra y la paz.

Ya llevamos milenos en estado de guerra permanente, los periodos de "paz" son sólo intervalos para preparar de nuevo la guerra.

Se vive la vida como una lucha por la supervivencia, lo que significa en última instancia ser violento y hacer la guerra para poder sobrevivir, estos son los periodos que llamamos "paz".


Che Guevara - Desmitificación

lunes, 17 de abril de 2017

"El capitalismo es poder, no economía". - Raúl Zibechi





La frase pertenece  al dirigente kurdo Abdullah Öcalan, extraída del segundo tomo del Manifiesto por la Civilización Democrática, que tiene como subtítulo La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos. La obra, cuya traducción al español verá la luz estos días, forma parte de la defensa del líder kurdo, preso en la isla Imrali, en el mar Negro, en Turquía. El pensamiento de Öcalan es insumiso, no se somete a jerarquías prestablecidas ni acepta dogmas universales. Es el tipo de pensamiento que necesitamos en este periodo de caos sistémico, ya que las ideas heredadas están mostrando escasa utilidad para orientarnos en la tempestad.
De su reciente libro quisiera destacar tres aspectos, aunque no son suficientes para agotar el conjunto de los aportes de la obra. El primero es su crítica frontal al economicismo, una de las peores plagas intelectuales que están parasitando a los movimientos anticapitalistas. Inicia ese capítulo con un potente análisis sobre la propuesta evolucionista que defiende el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico. Como se sabe, quienes postulan esa tesis piensan también que el fin del capitalismo será producto de la misma evolución de la economía que lo trajo al mundo. Por el contrario, Öcalan afirma que el capitalismo es hijo de una tradición muy antigua, que se afirma en el poder militar y político para usurpar los valores sociales, hasta convertirse en la formación social dominante en Europa en el siglo XVI. Entre los valores sociales usurpados, destaca la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan.

Criticar al economicismo supone, en la misma línea, la crítica del evolucionismo, sea lineal o por saltos. Una sencilla afirmación hecha luz sobre este tema: En las guerras coloniales, donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas. Se enfoca contra la economía política, a la que considera la teoría más falsificadora que fue creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo.

A lo largo de toda su obra, pero en especial en los apartados sobre el capitalismo, se apoya en Fernand Braudel, con quien coincide en señalar que es la negación del mercado por la regulación de precios que imponen los monopolios.
En este punto aparece el segundo aspecto a destacar, cuando sostiene que el capitalismo no se identifica con la producción ni con el crecimiento económico, porque no es economía. El capitalismo es poder, no economía, asegura Öcalan. Es evidente que existe una economía capitalista, pero el sistema capitalista es un monopolio de poder que se impone desde fuera a la economía, según sostiene en este capítulo esclarecedor. El capitalismo utiliza la economía, pero es el poder, la fuerza concentrada, lo que le permite confiscar el plusvalor y los excedentes.
En consecuencia, considera que la obra principal de Marx, El Capitalfunciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores, porque delimita el capitalismo al terreno de las leyes de la economía, un punto que comparten todos los reformismos desde hace mucho tiempo.

El tercer aspecto que me parece importante es considerar al Estado-nación como la forma de poder propia de la civilización capitalista. Un breve paréntesis: dice civilización capitalista porque la considera en su integralidad, incluyendo todas las variables articuladas, desde la economía y la cultura hasta la geopolítica y la sociedad. En consecuencia, dice que la lucha anti-estatal es más importante que la lucha de clases; y esto es una suerte de golpe al mentón para quienes nos formamos en Marx. Por eso mismo, afirma que es más revolucionario el trabajador que se resiste a ser proletario, que lucha contra el estatus de trabajador, porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética.

En las páginas finales de este tomo afirma que los conflictos en realidad surgen entre conjuntos sociales; entre la sociedad estatal y las sociedades democráticas. En suma, el Estado es uno de los nudos a desatar, no el espacio de llegada de la lucha social.
Va más lejos. Sostiene Öcalan que Estado y poder son cosas diferentes, que el poder contiene al Estado, pero es mucho más que el Estado. En este punto advierte que el pensamiento antisistémico está necesitando investigar a fondo las formas de Estado y en particular el Estado-nación, temas que Marx no pudo o no quiso abordar.
Rechaza la toma del Estado porque pervierte a los revolucionarios y piensa que la crisis del movimiento antisistémico no puede desligarse de la opción estatal. También rechaza el concepto de hegemonía. “La esencia de la civilización estatal –escribe Öcalan– es la hegemonía sobre la sociedad”. Pero la hegemonía implica poder y éste supone dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza.

Es muy interesante que llegue a esta conclusión en franca oposición a pensadores como Gramsci, recuperado por toda una camada de intelectuales progresistas que hacen malabarismos teóricos para separar poder de dominación. Los monopolios de poder (Estados) así como los monopolios económicos (privados o estatales) se imponen sobre la sociedad y la asfixian. Por eso hay que alejarse de esas formas de relación social.

Al final, se comprendió que detentar el poder era lo más reaccionario del capitalismo, contra la igualdad, la libertad y la democracia, pero ya se había producido un importante retroceso, era la misma enfermedad histórica por el poder que había sufrido el cristianismo, escribe en las Conclusiones. Un pensamiento crítico, anticapitalista, anti-estatal y anti-patriarcal centrado en Medio Oriente, formulado desde la resistencia a sus poderosos enemigos.
Es imposible vencer con las armas del enemigo, nos dice Öcalan. Sin embargo, esta sencilla convicción no puede ser aceptada, sin más, como verdad revelada: cada generación deberá descubrir sus verdades con base en la propia experiencia. Por doloroso que sea.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/04/14/opinion/014a1pol