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domingo, 15 de octubre de 2017

El placer de la revolución - Ken Knabb


                                                      El momento decisivo

"Volviendo a las ocupaciones de fábricas de mayo de 1968, supongamos que los trabajadores franceses hubieran rechazado las maniobras de los burócratas y establecido una red consejista a través de todo el paı́s. ¿Y entonces qué?

Ante tal eventualidad, la guerra civil habrı́a sido naturalmente inevitable. . . La contrarrevolución armada habrı́a sido lanzada inmediatamente. Pero no habrı́a estado segura de ganar.
Parte de las tropas obviamente se habrı́a amotinado. Los trabajadores habrı́an aprendido a tener armas, y ciertamente no habrı́an construido ninguna otra barricada (una buena forma de expresión polı́tica al principio del movimiento, pero obviamente ridı́cula desde el punto de vista estratégico). . . La intervención extranjera se habrı́a producido inevitablemente. . . Empezando probablemente por las fuerzas de la OTAN, pero con el apoyo directo o indirecto del Pacto de Varsovia. Pero todo habrı́a dependido una vez más del proletariado europeo: doble o nada. (“El comienzo de una nueva época”, Internationale Situationniste, §12).

Toscamente hablando, la significación de la lucha armada varı́a de modo inverso al grado de des-
arrollo económico. En los paı́ses más subdesarrollados las luchas sociales tienden a reducirse a luchas
militares, porque sin armas es poco lo que pueden hacer las masas empobrecidas que les lesiones más
que los dominadores, especialmente cuando su tradicional autosuficiencia ha sido destruida por una
economı́a de monocultivo destinada a la exportación. (Pero incluso si vencen militarmente, pueden sernormalmente dominados por la intervención extranjera o presionados para someterse a la economı́a mundial, a menos que otras revoluciones paralelas en otros lugares abran nuevos frentes).

En los paı́ses más desarrollados la fuerza armada tiene relativamente menos significación, aunque
pueda, por supuesto, ser todavı́a un factor importante en ciertas coyunturas crı́ticas. Es posible, aunque no muy eficiente, forzar a la gente a hacer trabajos manuales simples a punta de pistola. No es posible hacer esto con la gente que trabaja con papel u ordenadores dentro de una sociedad industrial compleja —hay allı́ demasiadas oportunidades de fastidiosos “errores” de los cuales resulta imposible averiguar el autor. El capitalismo moderno requiere una cierta cooperación e incluso participación semicreativa de sus trabajadores. Ninguna gran empresa podrı́a funcionar un sólo dı́a sin la autoorganización espontánea de los trabajadores, al reaccionar a los problemas imprevistos, compensar los errores de los gestores, etc. Si los trabajadores se comprometen en una huelga “de celo” en la que no hagan otra cosa que seguir estrictamente todas las regulaciones oficiales, el funcionamiento total se retardará o incluso se interrumpirá completamente (llevando a los dirigentes, que no pueden condenar abiertamente tal rigor, a una posición divertidamente delicada al tener que indicar a los trabajadores que deberı́an cumplir con su trabajo sin ser demasiado rigurosos). El sistema sobrevive sólo porque la mayorı́a de los trabajadores son relativamente apáticos y, para no buscarse problemas, cooperan lo suficiente para que las cosas marchen.

Las revueltas aisladas pueden reprimirse de modo individual; pero si un movimiento se amplı́a lo
bastante rápido, como en mayo de 1968, unos cientos de miles de soldados y policı́as apenas pueden
hacer nada ante diez millones de trabajadores en huelga. Un movimiento tal sólo puede destruirse desde dentro. Si la gente no sabe lo que tiene qué hacer, las armas no podrán ayudarles; si lo saben las armas no podrán detenerles.

Sólo en ciertos momentos las personas están lo bastante “unidas” para rebelarse con éxito. Los do-
minantes más lúcidos saben que pueden estar seguros mientras puedan contener tales intentos antes de que desarrollen demasiado impulso y autoconciencia, sea mediante represión fı́sica directa o mediante las varias especies de desviación mencionadas arriba. Apenas importa que la gente se dé cuenta más tarde de que han sido engañados, que hubieran tenido la victoria en sus manos sólo de haberlo sabido: una vez que la oportunidad ha pasado, es demasiado tarde.
Las situaciones ordinarias están llenas de confusiones, pero los problemas no son normalmente tan
urgentes. En una situación radical las cosas se simplifican a la vez que se aceleran: los problemas se
vuelven más claros, pero hay menos tiempo para resolverlos.

El caso extremo se dramatiza en una famosa escena del Potemkin de Eisenstein. Los marineros amo-
tinados, con las cabezas cubiertas por una lona, han sido alineados para ser fusilados. Los guardias
apuntan sus rifles y reciben la orden de disparar. Uno de los marineros grita: “¡Hermanos! ¿Sabéis contra quienes disparáis?”. Los guardias vacilan. Se da la orden otra vez. Tras una incertidumbre angustiosa los guardias bajan sus armas. Ayudan a los marineros a atacar el almacén de armas, se unen a ellos contra los oficiales y la batalla pronto es ganada.

Nótese que incluso en esta confrontación violenta el resultado es más un asunto de autoconciencia
que de poder bruto: una vez que los guardias se ponen de parte de los marineros, la lucha ha acabado
efectivamente. (El resto de la escena de Eisenstein —una larga pelea entre un malvado oficinista y un
héroe revolucionario martirizado— es mero melodrama). En contraste con la guerra, en la que dos lados distintos se enfrentan conscientemente uno a otro, “la lucha de clases no es sólo una lucha lanzada contra un enemigo externo, la burguesı́a, es también la lucha del proletariado contra sı́ mismo: contra los efectos devastadores y degradantes del sistema capitalista sobre su conciencia de clase” (Lukács, Historia y conciencia de clase). La revolución moderna tiene la cualidad peculiar de que la mayorı́a explotada gana automáticamente tan pronto como llega a ser colectivamente consciente del juego que se juega.

El oponente del proletariado no es en última instancia sino el producto de su propia actividad alienada bien en la forma económica del capital, la forma polı́tica de partidos y burocracias sindicales, o la forma psicológica del condicionamiento espectacular. Los dominadores son una minorı́a tan pequeña que serı́an aplastados inmediatamente si no hubieran conseguido embaucar a una amplia proporción de la población para que se identifiquen con ellos, o tomen al menos su sistema como dado; y especialmente para que lleguen a dividirse entre ellos.
La lona en la cara, que deshumaniza a los amotinados, haciendo más fácil para los guardias dispa-
rar, simboliza esta táctica de divide-et-impera. El grito “¡Hermanos!” representa la contratáctica de la
confraternización.
Aunque la confraternización refuta la mentira sobre lo que está sucediendo en otras partes, su poder
reside en su mayor parte en el efecto emocional del encuentro humano directo, que recuerda a los
soldados que los insurgentes son personas no esencialmente diferentes de ellos mismos. El estado trata naturalmente de impedir tal contacto llevando tropas de otras regiones que no estén familiarizadas con lo que está teniendo lugar y que, si es posible, no hablen siquiera la misma lengua; y reemplazándolas rápidamente si a pesar de todo llegan a contaminarse demasiado por las ideas rebeldes. (¡A algunas de las tropas rusas enviadas a aplastar la revolución húngara de 1956 les dijeron que estaban en Alemania y que las personas que se les enfrentaban en las calles eran Nazis resurgidos!).

Para descubrir y eliminar a los elementos más radicales, un gobierno provoca a veces deliberadamente  una situación que llevará a una excusa para la represión violenta. Este es un juego peligroso, sin embargo, porq ue, como el incidente del Potemkin, forzar la cuestión puede provocar que las fuerzas armadas se pongan de parte de la gente. Desde el punto de vista de los dominadores la estrategia óptima es blandir la amenaza sólo lo suficiente, de forma que no necesite arriesgar el momento decisivo. Esto funcionó en Polonia en 1980–81. Los burócratas rusos sabı́an que invadir Polonia podrı́a traer consigo su propia caı́da; pero la amenaza constantemente insinuada de tal invasión consiguió intimidar a los trabajadoresradicales polacos, que podı́an fácilmente haber derribado el estado, por tolerar la persistencia de fuerzas militares-burocráticas dentro de Polonia. Éstas pudieron finalmente reprimir el movimiento sin tener que llamar a los rusos.


Descargar: "El placer de la revolucón"
Fuente: "Independencia sense Estat"




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