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jueves, 24 de marzo de 2016

Profesiones inhabilitantes - Ivan Illich


               
                                                        Profesiones dominantes

Consideremos en primer lugar el hecho de que los cuerpos de especialistas que hoy dominan
la creación, adjudicación y satisfacción de necesidades constituyen un nuevo tipo de cártel o
agrupación de control. Están establecidos con más arraigo que una burocracia bizantina, son
más internacionales que una Iglesia universal, más estables que un sindicato industrial de la
misma rama y están dotados de competencias más amplias que las de cualquier chamán y de
un poder sobre lo que ellos dicen ser víctimas mayor que el de cualquier mafia.


Sin embargo, los nuevos especialistas organizados deben ser cuidadosamente
distinguidos de los estafadores y chantajistas. Por ejemplo, los educadores dicen ahora a la
sociedad lo que hay que aprender y están en condiciones de quitar todo valor a lo que ha sido
aprendido fuera de la escuela. Al establecer esta clase de monopolio, que les permite
impedirnos ir de compras a otra parte y emborracharnos a nuestra manera, parecen en un
primer momento acomodarse a la definición que el diccionario da del gángster. Pero el
gángster acapara en provecho propio una necesidad básica controlando los suministros. Hoy
los doctores y los asistentes sociales —como antes sólo lo hacían los sacerdotes y los
juristas— consiguen poder legal para crear la necesidad que, por ley, únicamente ellos están
autorizados a satisfacer. A diferencia de las profesiones liberales de ayer, que proporcionaban
el respaldo ético a vendedores ambulantes de elevada posición, las nuevas profesiones
dominantes pretenden ejercer el control de las necesidades humanas, tout court. Convierten el
Estado moderno en una corporación de empresas de control, que facilita la operación de
certificarse sus propias competencias: necesidades iguales son asignadas al cliente-ciudadano,
tan sólo para ser satisfechas en un juego de suma cero.


El control sobre el trabajo no es un fenómeno nuevo. El profesionalismo es una de las
múltiples formas que ha adoptado el control sobre el trabajo. En tiempos pasados, los
soldados mercenarios se negaban a combatir hasta que obtenían el permiso de saquear.
Lisístrata organizó conciliábulos femeninos para imponer la paz rehusando a los maridos el
sexo. Los doctores de Cos se comprometieron bajo juramento a no comunicar los secretos de
su oficio más que a sus descendientes. Los gremios fijaron el curriculum, las oraciones,
pruebas, peregrinaciones y novatadas por las que Hans Sachs tenía que pasar antes de que se
le permitiera hacer zapatos para sus conciudadanos. En los países capitalistas, los sindicatos
tratan de regular quién ha de trabajar durante qué horas y por qué salario mínimo. Todas las
asociaciones laborales son intentos, hechos por quienes venden su trabajo, de determinar
cómo se debe realizar ese trabajo y por quién. Las profesiones también hacen esto, pero van
más lejos: deciden lo que debe hacerse, a quién y cómo se han de imponer sus decretos.
Afirman poseer una autoridad especial e incomunicable para determinar no sólo la forma en
que hay que efectuar las cosas, sino también la razón por la que sus servicios son
obligatorios. Muchas profesiones están hoy tan desarrolladas que, además de ejercer tutela
sobre el ciudadano convertido en cliente, determinan la configuración de su mundo,
convertido en pabellón de cárcel u hospital.

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