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jueves, 10 de junio de 2010

Mark Twain - El forastero misterioso (1916)


Dejo un pequeño fragmento de " El forastero misterioso" , en el que Satanás le dice a Teodoro:
—Es cierto, conozco a tu raza. Está compuesta de borregos. Está
gobernada por minorías, y sólo muy rara vez, o quizá nunca, por
mayorías. Hace caso omiso de sus propios sentimientos y de sus
propias creencias y sigue al puñado de personas que mete más ruido.
En ocasiones, ese puñado bullicioso tiene razón, y otras veces no la
tiene; no importa, la multitud los sigue. La inmensa mayoría de la
raza, lo mismo si es salvaje que si es civilizada, es secretamente de
buenos sentimientos, y se resiste a causar dolor, pero no se atreve a
manifestarse tal como es si hay delante una minoría agresiva y
despiadada. ¡Imagínate! Una persona de buen corazón espía a la
otra, y tiene cuidado de que esa otra colabore lealmente en hechos
inicuos que los indignan a los dos. Hablando porque lo sé, me consta
que el noventa y nueve por ciento de tu raza era firmemente opuesto
a matar a las brujas cuando se agitó por primera vez hace mucho
tiempo esa idiotez por un puñado de locos beatos. Me consta que aun
hoy en día, al cabo de siglos de transmitirse el prejuicio y de una
educación estúpida, sólo una persona de cada veinte acosa a las
brujas poniendo en ello su corazón. Y, sin embargo, aparentemente,
todos las odian y quieren matarlas. Quizá algún día se levante un
puñado de personas defendiendo lo contrario y ese puñado será el
que meta más ruido (quizá incluso un solo hombre audaz que tenga
voz gruesa y expresión resuelta lo conseguirá), y antes de una
semana todos los borregos se darán media vuelta y le seguirán,
terminando de ese modo súbitamente la caza de brujas. Las
monarquías, las aristocracias y las religiones se hallan todas basadas
en ese enorme defecto de vuestra raza, a saber: la desconfianza que
cada cual siente de su convecino, y su deseo, por propia seguridad o
comodidad, de hacer buen papel ante los ojos de ese convecino. Esas
instituciones permanecerán siempre, florecerán siempre, os oprimirán
siempre, serán siempre para vosotros un bochorno y una
degradación, porque siempre seréis y seguiréis siendo esclavos de las
minorías. Jamás hubo un país en el que la mayoría de las gentes
hayan sido en lo profundo de sus corazones leales a ninguna de estas
instituciones.
No me gustó oír llamar a nuestra raza rebaño de borregos, y dije
que no creía que lo fuésemos.
—Y, sin embargo, corderito, eso es cierto —dijo Satanás—. Fíjate
bien durante una guerra, ¡qué borregos y qué ridículos sois!
—¿En la guerra? Y ¿cómo así?
—Jamás hubo una guerra justa, jamás hubo una guerra honrosa,
por la parte de su instigador. Yo miro en lontananza un millón de
años más allá, y esta norma no se alterará ni siquiera en media
docena de casos. El puñadito de vociferadores (como siempre) pedirá
a gritos la guerra. Al principio (con cautela y precaución) el púlpito
pondrá dificultades; la gran masa, enorme y torpona, de la nación se
restregará los ojos adormilados y se esforzará por descubrir por qué
tiene que haber guerra, y dirá, con ansiedad e indignación: «Es una
cosa injusta y deshonrosa, y no hay necesidad de que la haya». Pero
el puñado vociferará con mayor fuerza todavía. En el bando contrario,
unos pocos hombres bienintencionados argüirán y razonarán contra la
guerra valiéndose del discurso y de la pluma, y al principio habrá
quien los escuche y quien los aplauda; pero eso no durará mucho; los
otros ahogarán su voz con sus vociferaciones y el auditorio enemigo
de la guerra se irá raleando y perdiendo popularidad. Antes que pase
mucho tiempo verás este hecho curioso: los oradores serán echados
de las tribunas a pedradas, y la libertad de palabra se verá ahogada
por unas hordas de hombres furiosos que allá en sus corazones
seguirán siendo de la misma opinión que los oradores apedreados
(igual que al principio), pero que no se atreven a decirlo. Y, de pronto
la nación entera (los púlpitos y todo) recoge el grito de guerra y
vocifera hasta enronquecer y lanza a las turbas contra cualquier
hombre honrado que se atreva a abrir su boca; y, finalmente, esa
clase de bocas acaba por cerrarse. Acto continuo, los estadistas
inventarán mentiras de baja estofa, arrojando la culpa sobre la
nación que es agredida y todo el mundo acogerá con alegría esas
falsedades para tranquilizar la conciencia, las estudiará con mucho
empeño y se negará a examinar cualquier refutación que se haga de
las mismas; de esa manera se irán convenciendo poco a poco de que
la guerra es justa y darán gracias a Dios por poder dormir más
descansados después de ese proceso de grotesco engaño de sí
mismos.

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