miércoles, 31 de mayo de 2017

El eclipse de la moral. Un no rotundo al mundo brutalizado de hoy

Conferencia pronunciada por el filósofo Heleno Saña el pasado 20 de abril en el salón de actos de la Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo.



Queridos amigos y compañeros, auditorio todo,
    Vivir enteramente y en sentido exhaustivo es vivir compartiendo con los demás lo mucho o poco que podamos ser y tener, que es, a la vez, la condición previa e indispensable para que recibamos lo que ellos puedan darnos a nosotros. Es únicamente de esa recíproca actitud que puede surgir una cultura de la hermandad y solidaridad digna de este nombre. Y si saco a relucir esta vieja ley proclamada una y otra vez por el pensamiento universal es porque hoy se cumple y practica menos que nunca. De ahí que pensar en los otros desinteresada y generosamente se haya convertido en un modo de conducta cada vez más infrecuente. Lo ordinario es optar por un autocentrismo desvinculado de toda motivación transpersonal.
   El rasgo central del ciclo histórico que nos ha tocado vivir es la ausencia del bien, que constituye la raíz de todos las aporías, problemas y tragedias sin fin que la humanidad padece. Existen ciertamente personas que a título personal o unidas a otras consagran lo mejor de su vida a ayudar a los necesitados y a luchar, con mejor o peor fortuna, por un mundo más justo y más humano que el que tenemos hoy, pero el término medio de individuo engendrado por la sociedad tardocapitalista vive de espaldas a toda actividad de carácter altruísta. Y lo peor y más triste de esta manera innoble de ser y de obrar es que sea considerada por quienes la practican como plenamente legítima y como la cosa más natural del mundo. Lo que predomina es la conciencia satisfecha, producto a su vez de la insensibilidad ética que reina en la sociedad de nuestros días.
   Cuando nos referíamos, unas líneas más arriba, a la ausencia del bien no hacíamos más que sintetizar el estado de indigencia moral en que ha caído el hombre contemporáneo. Lo que los grandes guías y maestros de la humanidad han considerado siempre como lo más importante de la existencia y del ser humano -la conducta ética- ha sido desterrado en gran parte de la vida en común y sido sustituído por lo que Hobbes, el primer teórico de la burgesía, denominaba "la lucha de todos contra todos", definición brutal que la ideología dominante ha sustituído por el eufemismo de "competencia", pero que en el fondo significa lo mismo: guerra sin cuartel para imponerse como sea a los demás. Asistimos no sólo al "eclipse de la razón" anunciado por Max Horkheimer desde su exilio estadounidense, sino asimismo a un eclipse de la moral, aunque nadie, que yo sepa, haya utilizado hasta ahora esta fórmula.
    Educado sobre todo para cultivar su ego y no pensar más que en sus propios asuntos, el individuo medio de nuestro tiempo reflexiona cada vez menos sobre los temas y problemas que no le afectan directamente. Enclaustrado en el ámbito estricto de su singularidad, no sea da cuenta que las cuestiones de orden general y colectivo que él considera como ajenas a su persona, son precisamente las que determinan en gran parte el curso de su vida. El término "individualismo" fue acuñado en 1825 por el saint-simoniano J.P. Rouen, pero se había convertido ya en moneda corriente a partir del advenimiento de la ideología burguesa y de la sociedad competitiva inherente a ella. Su fin central es el de potenciar el bonum privatum en detrimento del bonum commune. Ya por ello, el individualismo lleva en su seno, como un cáncer oculto, la negación de la vida social como un valor en sí y su degradación a una categoría subalterna. Lo único que cuenta es el desarrollo del yo, actitud que conduce directamente a un culto exclusivo de la vida personal y a la indiferencia o desprecio por la vida en común.
   El hombre moderno ha aprendido innumerables cosas que el hombre premoderno ignoraba, pero se trata en general de conocimientos técnicos y funcionales que no sólo no sirven para dar a nuestra vida el sentido profundo que por naturaleza le corresponde, sino que al contrario, contribuyen cada vez más a alejarnos de la verdad y el bien. El caudal tecnológico se ha multiplicado, pero sin contribuir para nada a una mejora de las condiciones de vida. La acumulación de toda clase de saberes científicos y técnicos no ha impedido que el hombre se haya convertido en un ser alienado que ha perdido la conciencia de sí mismo, desenlace inevitable del cosmos artificial creado por el espíritu de lucro y la voluntad de poder. El culto fetichista que se rinde a la producción y al consumo de los bienes materiales arrojados al mercado por los consorcios industriales y comerciales, lejos de estar destinado a satisfacer las necesidades de todos los habitantes del globo, no  tiene otro fin que el satisfacer los intereses del gran capital, una transmutación de todos los valores que explica que el hambre, la miseria y la desprotección social sigan formando parte constitutiva del mundo actual. El signo central de la época que nos ha tocado vivir es el desprecio a la vida humana, causa de que sea mutilada y destruída a todas horas y en todas partes.  La civilización moderna ha inventado y construído toda clase de máquinas y artilugios técnicos, pero no un modelo de organización social capaz de asegurar a cada persona una vida digna de ese nombre. Crea continuamene riqueza, pero en vez de ser equitativamente distribuída entre los miembos del cuerpo social va a parar a los bolsillos de la oligarquía que tiene en sus manos el poder económico y político. Lo que sigue denominádose democracia es en realidad una plutocracia carente del más mínimo sentido de la justicia. Platón sabía porqué llamó a la plutocracia el peor de todos los sistemas de gobierno. 
    El progreso técnico y cientifico nos ha dado muchas cosas, pero lo que no nos ha dado es una cultura comunitaria digna de ese nombre. No otra es la razón de que las metrópolis y urbes de nuestro tiempo hayan pasado a ser junglas de asfalto no menos inmisericordes y brutales que la selva primitiva. Hace ya casi un siglo Albert Einstein escribía a su amigo Max Born: "No puedo comprender como se puede vivir en las grandes ciudades". La misma civilización que alardea de haber alcanzado las cimas más altas del saber, es lo suficientemente estúpida como para no comprender que sin un fundamento irénico y comunitario, todos los prodigios tecnocientificos están condenados a convertirse irremisiblemente en instrumentos de disolución y destrucción, como nos releva la historia de los últimos siglos.                       
   El pecado original del ideario burgués en general y de su versión tardocapitalista en particular, es el de haber dado más importancia a las cosas que a las personas. La historia de los últimos siglos es no sólo pero en gran medida la historia de la cosificación del ser humano, clave, a su vez de su deshumanización. Ya por este solo hecho, vivir va unido indisolublemente a estados de ánimo tan desapacibles e ingratos como la inquietud, la inseguridad o el miedo abierto. El miedo que hace un siglo Kafka confesaba en una de sus cartas a su prometida Milena, ha pasado a ser un fenómeno psíquico cada vez más generalizado.
   El modelo de sociedad y de vida creado por la burgesía occidental se revela de manera creciente como un producto de las peores tradiciones de la humanidad, pertenece de los pies a la cabeza a lo que Erich Voegelin denominó hace décadas "patologías del espíritu moderno". El viejo ideal de lo "bueno, lo bello y lo verdadero" ha sido sustituído en tods partes por "lo malo, lo feo y lo falso". Hemos entrado de lleno en un período nihilista y tanático de la historia universal. Vivir significa hoy ante todo vivir en estado de alarma. La paz de espíritu que el pensamiento clásico ha considerado siempre como la condición indispensable de una vida colmada, se ha convertido en una meta prácticamente inalcanzable, ya que los mismos conflictos que reinan en el mundo objetivo y externo han tomado posesión y penetrado en el interior del sujeto, de manera que todos podríamos decir, con Jean-Paul Sartre, "Je suis en danger", estoy en peligro. El sujeto libre y soberano de sí mismo descrito y magnificado por la filosofía clásica, existe hoy únicamente en condiciones sumamente precarias. Estamos acosados por doquier por una avalancha de sucesos y procesos negativos que en general no podemos impedir ni contrarrestar porque son muy superiores a nuestras fuerzas. De ahí que resulte cada vez más díficil preservar nuestra autonomía personal. El acontecimiento moderno por excelencia no es la muerte de Dios anunciada por Federico Nietzsche con gran redoble de tambores, sino la muerte del hombre como ser autodeterminado.
   Lo que por inercia mental seguimos denominando democracia se ha convertido en un sistema dominado de manera creciente por los lobbies que el gran capital financiero, industrial y comercial tiene introducidos en todos los puntos neurálgicos de la sociedad, también en los ministerios y organismos oficiales encargados de velar por el bien común. Detrás de las leyes y decisiones que de puertas afuera aparecen como emanadas de los poderes públicos elegidos por el electorado, están casi siempre, en mayor o menor medida, al servicio de los intereses de los grupos de presión. Y lo que decimos del Estado nacional reza también para la Unión Europea, una institución que, desde su entrada en funciones, no ha sido otra cosa que un inmenso antro burocrático y parasitario al servicio de las naciones económicamente más fuertes del continente, como intenté demostrar hace años en mi libro en lengua alemana "Die Lüge Europas", esto es, "La mentira europea".
   Lejos de vivir en una sociedad pluralista y libérrima, como el sistema afirma una y otra vez, seguimos encadenados a una realidad histórica basada en la división tradicional entre una casta dirigente y una masa supeditada a sus decisiones e intereses. También y especialmente en este aspecto se confirma la tesis nieztschiana del "eterno retorno de lo mismo".  Mandar y obedecer siguen siendo los elementos básicos del mundo contemporáneo, aunque los viejos conceptos de amo y esclavo ya no formen parte de la terminología al uso. Por muchas que sean las garantías constitucionales y libertades formales que la ley adjudica al ciudadano, a la hora de ganarse el pan de cada día, depende de la voluntad de los oligarcas que tienen en sus manos las riendas del poder y que desde sus suntuosos despachos dirigen los destinos de la humanidad.
   El verdadero talón de Aquiles del mundo de hoy es la ausencia casi completa de una cultura basada en el espíritu cooperativo. El hombre se ha desocializado, vive, con pocas excepciones, en estado de atomización social. El proceso de masificación a que está sometido sin cesar ha hecho de él un ser despojado de la dimensión interpersonal y societaria que por naturaleza le corresponde. De ahí que en torno nuestro no veamos más que a mónadas mezcladas físicamente con una muchedumbre inmensa pero humanamente aisladas unas de las otras por un muro infranqueable de mutismo y solipsismo. Se explica que Paul Ricoeur pudiera afirmar hace ya años, que "vivimos en un mundo sin prójimos". Hay siempre un público anónimo para toda clase de espectáculos públicos, pero apenas un espíritu comunitario merecedor de este nombre. El hombre parece haber olvidado que ser es, en su verdadero significado, ser con y para los otros. El otro es objetualizado como cosa y despojado de su identidad humana, esto es, des-humanizado. A partir de este momento es posible explotarle, humillarle y utilizarle como carne de cañón sin necesidad de avergonzarse ni de sentir remordimientos de conciencia.
   La indiferencia que el individuo contemporáneo siente en general por sus semejantes, contrasta con la atención que suele prestar a los personajes de moda que los aparatos publicitarios y los medios de comunicación convierten en ídolos y héroes públicos. Fríos como un témpano de hielo a la hora de compartir los problemas y las cuitas de las personas de su entorno cotidiano, llegan a los más altos grados de emotividad cuando se trata de manifestar su admiración por las  celebridades de turno. También aquí, el hombre-masa engendrado por la ideología moderna se deja guiar por la ley y la lógica del gran número y no por la opción de la convivencia interhumana, un fenómeno sociológico que ha conducido a la sustituciión de la cultura del encuentro y del diálogo con el otro por la incultura del grito y del éxtasis colectivo.
   Una de las consecuencias más notorias de esa desocialización generalizada es la profunda crisis cuantitativa y cualitativa que atraviesan desde hace tiempo las organizaciones obreras, empezando por la pérdida de la fuerza reivindicativa de los sindicatos, lo que a su vez explica que las condiciones de trabajo y de vida de las clases asalariadas hayan ido en las últimas décadas de mal en peor, no sólo en el Tercer Mundo sino también en los grandes baluartes de la economía mundial.
    La vida de la mayor parte de la población de la sociedad de consumo se compone casi exclusivamente de pura fisiología: comer, acudir al trabajo, ir de compras, gritar en los estadios deportivos, conducir un automóvil, sentarse frente a un ordenador o televisor, descansar y, como escribía Albert Camus en sus "Carnets", "fornicar y leer los periódicos". Esta mezcla híbrida de imposiciones funcionales y de hedonismo vulgar es, en efecto, el modelo de vida elegido por el ufano homo occidentalis.
   Es evidente que en un tipo de sociedad como el que estamos describiendo no pueden florecer bienes inmateriales como la amistad, el compañerismo o la solidaridad. Lo habitual es pisar a los débiles y a los que no están en condiciones de defenderse y contraatacar. Vivimos una época que valora a las personas por la riqueza o el poder que tienen, raramente por sus virtudes humanas y sus principios éticos, valores éstos que por no ser cotizados en la bolsa, han dejado de interesar al individuo medio. También es una época que, ávida de hedonismo y consumismo, hace todo lo posible para relativizar, silenciar o negar el inmenso dolor que genera, una tarea que la industria del entretenimiento, la publicidad, el deporte y los medios de comunicación adictos al sistema desempeñan a la perfección. Una vez más se cumple y confirma lo que Adorno dijo hace años en su obra "Mínima moralia" : "Al mecanismo del poder pertenece prohibir el reconocimiento del daño que causa".  Pero por mucho que los mandamases de turno aturdan y ofusquen a la gente con sus maniobras de manipulación mental y emocional, el sufrimiento ha pasado a ser desde hace tiempo el fenómeno sociológico central de la dictadura capitalista. Ser y estar en el mundo se ha convertido por ello para un número cada vez mayor de personas en un infierno. Los "condenados de la tierra" en cuyo nombre Frantz Fanon alzó su voz contra las potencias económicas occidentales, no sólo siguen existiendo sino que no han cesado de reproducirse y multiplicarse.       
   La tierra ha dejado ha dejado de ser un hogar para el hombre, a la vez que aumenta la resignación y decrece la esperanza en un mundo menos brutalizado que el de hoy. La figura heroica del homme révolté a la que Albert Camus rindió pleitesía en los años cincuenta, pertenece desde hace tiempo al pasado. La sociedad tardocapitalista ha conseguido asfixiar la voluntad de resistencia del individuo medio, y ello a pesar de que las condiciones laborales y existenciales del asalariado sean cada vez más duras e inhumanas.
   A todo esto respondo: en un mundo regido por una casta de gobernantes carentes de la más mínima sensibilidad y conciencia ética, el sentido de la vida personal y colectiva no puede consistir más que en tomar partido contra este estado de cosas y luchar por el advenimiento de un orden mundial basado en la justicia social y el bien común. Autorrealización verdadera y digna de este nombre es hoy sólo posible como militancia activa contra los poderosos y privilegiados que tienen en sus manos los destinos del planeta. Todo lo demás es elegir una identidad postiza y capitular ante la propia conciencia. En sentido profundo y último sólo se puede hablar de vida colmada y de éxito cuando nuestros actos están encaminados a hacer el bien; todo lo demás es derrota y castigo. Ganar o perder depende de una sola cosa: la conducta ética. Quien no elige la opción del bien será siempre un fracasado, por muchos trofeos que acumule. Lo que el actual culto morboso a la resonancia publicitaria entiende por éxito no es más que un producto de mercado o de lo que en términos económicos se llama valor de cambio y tiene que ver, por ello, muy poco  con su valor intrínseco.
   Se puede definir cada época, cada civilizacón y cada modelo de sociedad tanto por lo que es como por lo que no es. Si nos atenemos a este criterio descubriremos sin grandes dificultades que el ciclo histórico que nos ha tocado vivir se caracteriza por la carencia casi toltal de ideales superiores. El individuo de la sociedad de consumo no parece sentir ninguna nostalgia por lo que Max Horkheimer, siguiendo a la Gnosis, llamó la "añoranza de lo completamente distinto". Ha perdido el hábito de mirar a lo alto y a lo lejos; de ahí su escasa predisposición a soñar en un mundo  mejor. Carece de lo que Kant denominaba "la fuerza de imaginación transcendental". Eso no quiere decir que no aspire a más y se conforme con lo que es y tiene. Al contrario, uno de sus rasgos de carácter más acusados es el del deseo de sustituir su destino generalmente gris y anodino por una existencia esplendorosa. Pero sus aspiraciones no van más allá del código de valores vigente en la sociedad; no significa, por ello, una ruptura cualitativa con lo dado, sino que son de orden cuantitativo: acumular más poder y riqueza y satisfacer todas las aspiraciones más bajas de su egoísmo posesivo. El hombre se ha alejado de su naturaleza y convertido en un ser tan artificial como los artículos que adquiere y consume. Los bienes a que aspira son sucedáneos carentes de todo valor intrínseco y que no sirven más que aturdirle y transformarle en siervo de los eslógans lanzados por la moda y el marketing.  
   Lo primero que el sistema capitalista-burgués ha destruído es la cultura solidaria y comunitaria postulada y practicada por las clases trabajadoras en la época clásica de la lucha de clases, tema del que por su trascendencia histórica me ocupé hace muchísimos años en mi libro "Cultura proletaria y cultura burguesa". Lo que el gran humanista Hugo Ball definía como verdadera cultura fue la que la clase obrera practicó durante su fase de esplendor: "Cultura es salir en defensa de los pobres y humillados".  El espíritu reinante en nuestro tiempo tiende a asfixiar y a combatir todos aquellos valores que precisamente serían necesarios para hacer frente al estado agónico en que el mundo se encuentra. También en este aspecto el momento histórico que estamos viviendo se caracteriza por su afán de erradicar de la mente humana el concepto de transcendencia y de no admitir otra lógica y otra verdad que la de los hechos consumados. Este inmanentismo a ras del suelo explica el dominio casi absoluto que desde hace tiempo ejercen sistemas de pensamiento tan simplistas y reduccionistas como el pragmatismo, el utilitarismo y el positivismo en sus diversas  versiones. La preponderancia adquirida por estos modelos de pensamiento ha convertido el mundo en un desierto axiológico en el que sólo crecen los eslógans y lugares comunes difundidos por el poder establecido. Su designio no es de elevar el nivel humano, cultural, moral y espiritual del hombre, sino el de rebajarlo a los índices más ínfimos, condición previa para que siga obedeciendo y callando.
   Para mí está en todo caso claro que la única actitud digna en un mundo brutalizado como el que estamos viviendo es la de responder con un rotundo no y luchar con todas las consecuencias y sin desmayo por un mundo más justo y más humano, un modelo de conducta que lejos de ser un lastre, como se cree a menudo, constituye un privilegio, que es exactamente la recompensa que el destino concede a las almas superiores.
   No quiero poner fin a mi exposición sin especificar que, a mi modesto juicio, la militancia por un mundo radicalmente distinto al que tenemos ahora, tiene que partir de formas de gestión y organización basadas en una democracia participativa, deliberativa y autogestionaria. Se trata, en una palabra, de hacer posible una democracia del pueblo, por y para el pueblo, una democracia sin jefes y subordinados, sin élites que mandan y masas que obedecen, una democracia, en fin, en la que el concepto de poder perdería su sentido y daría paso al compañerismo y la ayuda mutua como única forma de conducta. No existe, en todo caso, ninguna ley de hierro que condene a la criatura humana a ser utilizada eternamente como carne de cañón por los mandamases de turno.
                                                                  Heleno Saña

domingo, 28 de mayo de 2017

El Maquis a Catalunya (1939-1963) - Serie completa

Serie de TVE "El maquis a Catalunya" (1989). Ofrecemos la serie completa (7 capítulos) en catalán, subtitulados en castellano, imprescindible para profundizar en la figura de los maquis.
Cap. 1 Surgimiento del Maquis
El 1 de abril del 39 acababa la guerra con el triunfo de las fuerzas franquistas. Pocas semanas antes, cerca de medio millón de catalanes habían iniciado el camino del exilio hacia Francia.
Sin embargo, muchos catalanes, no se consideraban derrotados Algunos optaron por seguir luchando en la resistencia francesa contra la ocupación nazi, y otros se infiltraron, Pirineo abajo, para conectar con el maquis catalán, rural y urbano, que comienza a actuar a partir del mismo 39.

El maquís catalán surge como defensa y resistencia desesperada, delante la fortísima represión indiscriminada que se abate sobre Catalunya, en estos primeros años de régimen franquistas.




Cap. 2 La invasión del Valle de Arán
Liberada la mayor parte de Francia, en el verano del 44,la progresiva retirada de los alemanes produjo un clima de entusiasmo y euforia entre los guerrilleros y los refugiados, que creían que los días del franquismo estaban contados.

Fue entonces cuando la UNE (Unión Nacional Española) plataforma política del PCE, comienza a preparar la operación "Reconquista de España" que consistía en introducir desde el Pirineo vasco hasta el Pirineo Catalán ocho o diez mil guerrilleros. La zona de penetración más importante tenía que ser el Valle De Arán.
De junio a septiembre el Estado mayor de la agrupación Guerrillera, envía varios grupos al otro lado del Pirineo con el fin de explorar el terreno y averiguar si el pueblo estaba dispuesto a secundar el alzamiento armado contra el régimen franquista.





Cap. 3 Ascensión y caída del Maquis urbano
Domènec Ibars, Luchador en el maquis francés y jefe de 35 guerrilleros catalanes, se encontraba casualmente en Hendaya. Al enterarse que aquel mismo día se produciría el histórico encuentro entre el "Caudillo " y el "Führer" decidió efectuar la primera de una serie de acciones siempre
silenciadas y mantenidas ocultas por el franquismo: El intento de acabar con la vida del general Franco.

Domènec Ibars, llamado "El Rosset",había esperado en vano a su compañero en el atentado; Nunca llegó porqué había estado detenido. La estación se encontraba militarmente tomada. Decidido a actuar en solitario, provisto de explosivos suficientes para acabar con la vida de los dos dictadores, El "Rosset" se dirigió hacia la estación de Hendaya. A pesar del control militar, Ibars consiguió atravesar un control y acercarse al anden.

Pero ya no pudo llegar más allá de donde se encontraba y tuvo que volver hacia atrás, impotente. Desde el punto más próximo conseguido, era imposible atentar.





Cap. 4 Marcelino Massana
A pesar de ser característica y más conocida en Catalunya la guerrilla urbana, que centra su actuación en Barcelona ciudad y cercanías, existió una importante actividad guerrillera que actuó en numerosas comarcas catalanas.

Igualmente, el grupo de maquis rural que tuvo más eco popular y más calidad fue el de Marcelino Massana, conocido por "Pancho" entre el maquis. La comarca del Bages y sobretodo el Berguedà y sus entornos fueron las zonas donde durante seis años la partida de Massana plantó cara al régimen franquista.

Nacido en Berga el 3 de octubre de 1918, en la calle Reverendo Huch, nº 8, Marcel.li Massana era el más pequeño de tres hermanos. Perdió a su madre a los siete días de vida. Entonces le hacía de madre adoptiva, Filomena Solé,"La dida", por la que siempre sentirá una gran estimación y se
arriesgará a visitarla en muchas ocasiones en Berga, en los años del maquis.




Cap. 5 José Luis Facerías 
José Luis Facerias, conocido más por "Face" o por "Petronio" por sus amigos y compañeros más íntimos, fue, juntamente con Quico Sabater, uno de los exponentes máximos de la guerrilla urbana en Cataluña, de los años cuarenta y cincuenta.

Jefe de guerrilla, era físicamente un hombre bien plantado, elegante, un verdadero "Dandy".

Intrépido hombre de acción, destacó por su excepcional talento y lucidez, llegando a ser uno de los organizadores más capaces con que contó el maquis urbano libertario de la época. Muy pronto ocupó cargos de responsabilidad, dentro del clandestino movimiento libertario catalán.

Nacido en Barcelona el 6 de enero de 1920, en el 36, estaba afiliado al sindicato de la Madera de la CNT y a las Juventudes libertarias del Poble Sec.(Barrio Barcelonés).





Cap. 6 Quico Sabater Llopart
A finales de diciembre de 1959, Quico Sabater con 4 guerrilleros más inicia el que sería su último viaje. A pesar de que se sabía del intercambio de información entre las policías española y francesa. El Quico atravesó la frontera por Cuscoià. La guardia civil estaba apostada por todos los pasos
fronterizos en grupos de tres. Había tropas de refresco apostadas en Albanya. Mientras numerosas patrullas recorrían continuamente la zona.

Desde 1945 a 1960 los grupos de acción de Quico Sabater intervinieron en numerosos hechos. Transporte de armas de lado a lado del Pirineo, atentados políticos, atracos, y otros actos de propaganda antifranquista. En estas actividades Quico vería como caerían 15 de sus hombres.



Cap. 7 Ramón Vila "Caraquemada"
Ramón Vila Capdevila, también conocido como "Pasos Largos", "Caracremada" y por "Capitán Raymond" en la resistencia francesa, fue uno de los más destacados guerrilleros del maquis catalán.

De un valor y coraje personal extraordinario no toleró nunca al fascismo, al que combatió hasta la muerte. El otro jefe guerrillero del Bergadà, Marcelino Massana, decía de él: "El Ramón fue, sin duda, el mejor de nosotros".

Era un hombre alto, con una gran fuerza física. De cuerpo ancho, y de semblante enérgico, ojos vivos, frente ancha con un aire entre selvático y tímido. Era sencillo y modesto, con gran agilidad.

Nacido en el pequeño pueblo de Pequera, en el Bergadà, en 1908, le pequeño le decían "El Maroto" que era el nombre de la masía donde vivía.





miércoles, 17 de mayo de 2017

Sociedad y trabajo.





La desconexión entre la esfera (individual) privada y la (colectiva) pública a través de la sacralización de la propiedad privada genera las relaciones de poder y por lo tanto de conflicto que deben ser administradas por el mismo ente (Estado) que implantó e impuso la propiedad privada (con todas sus implicaciones) como sistema de organización social y económico. La causa del sistema, es decir, el Estado se superpone con el efecto (Capital) para introducirlo como forma de propaganda en la sociedad y adherirse a ella como causa y efecto natural de la voluntad del individuo y la sociedad.

Elegir o ponerse a favor o en contra entre un gobierno menos coercitivo que otro es la trampa que nos ofrece el sistema para crear más división y justificar su dominación en los gobernados.

Los intereses individuales se contraponen con los colectivos del tal forma que los acuerdos y la organización de las sociedades entran en contradicción permanente, de manera que la competitividad del trabajo asalariado impuesto para poder sobrevivir necesita de un ente administrador (Estado) que legisle la vida de los individos con intereses opuestos, debido a la invasión de la propaganda capitalista del sistema que los enfrenta continuamente en un estado de paranoia y sumisión.

El valor del trabajo no debe medirse cuantitativamente sino cualitativamente, de esta forma se anula el valor del tiempo en el trabajo por el valor del trabajo en sí, con la finalidad de evitar acumular mercancías y servicios del valor del tiempo en el trabajo para su posterior especulación. En esta coyuntura el trabajo de la mercancía y el servicio se mide por la necesidad y no por la seguridad de la acumulación del valor que se obtiene del tiempo trabajado, evitando también la jerarquización y las relaciones de poder que se derivan de aquella y la competitividad, de manera que el trabajo que vaya a desempeñar el individuo en cada momento de su vida sea libre de coerciones dictadas por la Autoridad del Estado y el Capital.


martes, 16 de mayo de 2017

elpressentiment56

La sociedad del consumo es la sociedad de las apariencias, es decir, la sociedad de la mentira.

lunes, 15 de mayo de 2017

El doble discurso justifica la dictadura.


El capitilismo es el fascismo encubierto por la democracia liberal que divide a la sociedad en clases a partir de la meritocracia (el Gobierno de los mejores gobernantes y gobernados) . Se impone y acaba interiorizando un doble discurso para justificar el sistema de dominación y de este modo excluir a los menos adaptados y a los que se oponen de algún modo u otro a la dictadura. Por eso motivo el capitalismo ha triunfado como sistema al disponer de los medios necesarios para alcanzar un efecto totalizador en la sociedad que simula una democracia en forma de libertades administradas y reguladas por el mismo Estado que impone a su vez una dictadura del capital en su dimensión económica y social que acaba por totalizar la vida de la sociedad, ésta última interiorizada como libertades relativas (en mayor o menor grado), dependientes en última instancia de la economía.

Mientras el Estado represente la legalidad no habrá solución para la emancipación de la sociedad.

El utilitarismo ha mercantilizado las relaciones sociales.

domingo, 14 de mayo de 2017

Manifiesto contra el trabajo - Grupo Krisis - Robert Kurz

1. El dominio del trabajo muerto

«Todos deben poder vivir de su trabajo, dice el principio planteado. Poder vivir está, por tanto, condicionado por el trabajo, y no existirá tal derecho, si no se cumple esta condición.»
Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del derecho natural según los principios de la doctrina de la ciencia, 1797
Un cadáver domina la sociedad, el cadáver del trabajo. Todos los poderes del planeta se han unido para la defensa de este dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, los sindicatos y los empresarios, los ecologistas alemanes y los socialistas franceses. Todos conocen una única consigna: ¡trabajo, trabajo, trabajo!
A quien todavía no se haya olvidado de pensar, no le resultará difícil darse cuenta de la inconsistencia de una posición semejante. Pues la sociedad dominada por el trabajo no está pasando por una crisis temporal, sino que está llegando a sus límites absolutos. La producción de riquezas se está alejando cada vez más –en una medida que hasta hace pocas décadas sólo era concebible en la ciencia-ficción– del uso de mano de obra humana como consecuencia de la revolución microelectrónica. Nadie puede afirmar seriamente que este proceso se vaya a parar o que tenga marcha atrás. La venta de la mercancía mano de obra va a ser tan prometedora en el siglo XXI como la de sillas de posta en el XX. Sin embargo, en esta sociedad, a quien no puede vender su mano de obra se le considera «excedente» y se le manda al vertedero social.
¡El que no trabaje, no come! Esta cínica fórmula todavía es válida, y hoy en día incluso más, porque se vuelve irremisiblemente obsoleta. Es absurdo: la sociedad nunca ha sido tan sociedad del trabajo como en un momento en que el trabajo se está haciendo innecesario. Es precisamente en el momento de su muerte cuando el trabajo se revela como un poder totalitario que no admite otro dios a su lado. Determina el pensar y el actuar hasta en los poros de la cotidianidad y la psique. No se ahorran esfuerzos para prolongar artificialmente la vida del ídolo trabajo. El grito paranoico de «empleo» justifica que se fuerce incluso la destrucción, hace tiempo conocida, de los fundamentos de la naturaleza. Cuando se abre la perspectiva de un par de miserables «puestos de trabajo», se permite dejar de lado acríticamente los últimos obstáculos a la comercialización total de todas las relaciones sociales. Y se ha convertido en un acto de fe comúnmente exigido la idea de que es mejor tener «cualquier» trabajo que ninguno.
Cuanto más patente es que la sociedad del trabajo está llegando a su final definitivo, con tanta más violencia se oculta ese final a la conciencia pública. Los métodos de ocultación pueden ser tan distintos como se quiera, pero tienen un denominador común: el hecho mundial de que el trabajo se evidencia como un fin absoluto irracional, que se ha hecho obsoleto a sí mismo, es redefinido con la terquedad de un sistema enloquecido como el fracaso personal o colectivo de individuos, empresas o «enclaves». El límite objetivo del trabajo debe parecer, pues, un problema subjetivo de los excluidos.
Si para unos el paro es el producto de pretensiones desmesuradas, de falta de disposición a rendir y de flexibilidad; los demás le reprochan a «sus» directivos y políticos incapacidad, corrupción, codicia o traición a su enclave económico. Y al final todos acaban por coincidir con el ex presidente federal alemán Roman Herzog: el país necesita de un «empuje» que lo recorra de parte a parte, como si se tratase de un problema de motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen que remar con fuerza «como sea», aun cuando haga tiempo que se le hayan escapado los remos de las manos; y todos tienen que ponerse manos a la obra «como sea», aun cuando no quede nada (o sólo sinsentidos) que hacer. El trasfondo de este triste mensaje es inequívoco: el que a pesar de todo no consiga la gracia del ídolo trabajo, tendrá él mismo la culpa, y se le podrá prescribir y expulsar sin problemas de conciencia.
Esta misma ley de la víctima humana tiene validez mundial. Las ruedas del totalitarismo económico aplastan un país tras otro y demuestran así siempre lo mismo: que éstos han contravenido las llamadas leyes del mercado. Al que no se «adapte» incondicionalmente y sin considerar las pérdidas al transcurso ciego de la competencia total, le castigará la lógica de la rentabilidad. Las bases de la esperanza de hoy son la basura económica de mañana. A pesar de esto, los psicópatas económicos que nos dominan no se dejan perturbar lo más mínimo por lo que se refiere a su explicación estrafalaria del mundo. Ya se ha declarado deshechos sociales a tres cuartas partes, más o menos, de la población mundial. Se hunde un enclave económico tras otro. Después de los desastrosos «países en vías de desarrollo» del Sur y después de la subdivisión de capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en el Este, han desaparecido asimismo en el infierno de la catástrofe los alumnos ejemplares de la economía de mercado en el sudeste asiático. En Europa también hace tiempo que se está extendiendo el pánico. Sin embargo, los jinetes de la triste figura de la política y la dirección empresarial continúan su cruzada en nombre del ídolo trabajo con tanto más ahínco.

Fuente : "Manifiesto contra el trabajo"

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martes, 9 de mayo de 2017

¿Quien mató a Ned Ludd? - John y Paula Zerzan



Pero volviendo a los ludditas, no encontramos al respecto más que unos cuantos relatos en primera persona y una tradición prácticamente secreta, principalmente por que se proyectaron a sí mismos en sus actos y no en una ideología.

Pero ¿esto es todo?. Stearns, quizá el comentarista más cercano a los hechos, escribió: «los ludditas desarrollaron una doctrina basada en las supuestas virtudes de los métodos manuales». Casi les llama
con condescendencia «los miserables retrasados», y hay seguramente algo de verdad en esta afirmación. El ataque de los ludditas no estaba ocasionado por la introducción de máquinas nuevas, como suele creerse, puesto que no hay ninguna evidencia de ello en 1811 y 1812, cuando el luddismo comenzó a actuar. La destrucción se practicaba sobretodo contra los nuevos métodos de producción
chapucera, dictados para hacer funcionar las nuevas máquinas. No era un ataque contra la producción sobre bases económicas, sino que era ante todo la respuesta violenta de los obreros textiles (pronto secundados por otros) a las tentativas de degradación en forma de un trabajo inferior: baratijas, piezas montadas deprisa y corriendo, eran por lo general las causas principales.

Las ofensivas ludditas generalmente correspondieron a períodos de depresión económica; el motivo es que los patronos aprovecharon en ocasiones tales períodos para introducir nuevos métodos de
producción. Pero también es cierto que no todos los períodos de pobreza engendraron luddismo, pues este aparecía en zonas no especialmente empobrecidas.

Leicestershire, por ejemplo, fue el peor punto en los malos momentos y era una zona productora de manufacturas laneras de la mejor calidad; Leicestershire fue un poderoso núcleo luddita.
Preguntarse qué podía tener de radical un movimiento que al parecer «se limitaba» a pedir el abandono de las labores fraudulentas es no captar la íntima verdad de un supuesto acertado, que ambas partes asumieron entonces: la relación entre la destrucción de maquinaria y la sedición. Como si la lucha del productor por la integridad de su trabajo vital pudiera llevarse a cabo sin poner en tela de juicio el capitalismo entero. La petición del abandono de labores fraudulentas supone
necesariamente un desastre y, en la medida en que se exija, una batalla de derrota total o victoria total. Lo cual afecta directamente al núcleo de las relaciones capitalistas y a su dinámica.

Otro aspecto del fenómeno luddita generalmente considerado con condescendencia a base de ignorarlo por completo, es el aspecto organizativo. Los ludditas, como ya sabemos, golpeaban
salvaje y ciegamente, mientras que sólo los sindicatos proporcionaban formas de organización a los trabajadores. Pero, de hecho, los ludditas se organizaron local e incluso federalmente agrupando a los
obreros de todos los ramos con una coordinación sorprendente.

Evitando cualquier estructura alienante, su organización, sabiamente, no era formal ni permanente. Su tradición de revuelta carecía de núcleo y prevaleció durante largo tiempo a modo de «código no
escrito»; la suya era una comunidad no manipulable, una organización que se sustentaba en sí misma. Todo lo cual, desde luego, resultó esencial para la aparición del luddismo y para su enraizamiento. En la práctica, «ningún nivel de actividad de los magistrados ni la ampliación de los contingentes militares extirpó el luddismo. Todos sus ataques revelaban un plan y un método», constata
Thompson, que da crédito también a su «altiva seguridad y a sus comunicaciones».

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lunes, 8 de mayo de 2017

La Abolición del trabajo - Bob Black.




Nadie debería trabajar.

El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los
males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo
diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.
Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una
nueva forma de vivir basada en el juego; en otras palabras, una convivencia
lúdica, comensalismo, o tal vez incluso arte. El juego no es sólo el de los
niños, con todo y lo valioso que éste es. Pido una aventura colectiva en alegría
generalizada y exhuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo.
Sin duda necesitamos mucho mas tiempo para la simple pereza y vagancia que el
que tenemos ahora, sin importar los ingresos y ocupaciones, pero, una vez
recobrados de la fatiga inducida por el trabajo, casi todos nosotros queremos
actuar. El Oblomovismo y el Estajanovismo son dos lados de la misma moneda
despreciada.

La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad existente. Peor
para la "realidad", ese pozo gravitatorio que absorbe la vitalidad de lo poco en
la vida que aún la distingue de la simple supervivencia. Curiosamente -- o
quizás no -- todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el
trabajo. Algunas de ellas, como el Marxismo y la mayoría de las ramas del
anarquismo, creen en el trabajo aún mas fieramente porque no creen en casi
ninguna otra cosa.

Los liberales dicen que deberíamos acabar con la discriminación en los
empleos. Yo digo que deberíamos acabar con los empleos. Los conservadores apoyan
leyes del derecho-a-trabajar. Siguiendo al yerno descarriado de Karl Marx, Paul
Lafargue, yo apoyo el derecho a ser flojo. Los izquierdistas favorecen el empleo
total. Como los surrealistas -- excepto que yo no bromeo -- favorezco el
desempleo total. Los Troskistas agitan por una revolución permanente. Yo agito
por un festejo permanente. Pero si todos las ideólogos defienden el trabajo (y
lo hacen) -- y no sólo porque planean hacer que otras personas hagan el suyo --
son extrañamente renuentes a admitirlo. Hablan interminablemente acerca de
salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, rentabilidad.
Hablarán alegremente sobre todo menos del trabajo en sí mismo.

Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus
ideas sobre el trabajo, pese a su importancia en nuestras vidas. Discuten entre
ellos sobre los detalles. Los sindicatos y los patronos concuerdan en que
deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia,
aunque regatean por el precio. Los Marxistas piensan que deberíamos ser mandados
por burócratas. Los anarco-capitalistas piensan que deberíamos ser mandados por
empresarios. A las feministas no les importa cuál sea la forma de mandar,
mientras sean mujeres las que manden. Es claro que estos ideo-locos tienen
serias diferencias acerca de cómo dividir el botín del poder. También es claro
que ninguno de ellos tiene objeción alguna al poder en sí mismo, y todos ellos
desean mantenernos trabajando.

Debes estar preguntándote si bromeo o hablo en serio. Pues bromeo y hablo en
serio. Ser lúdico no es ser ridículo. El juego no tiene que ser frívolo, aunque
la frivolidad no es trivialidad: con frecuencia debemos tomar en serio la
frivolidad. Deseo que la vida sea un juego -- pero un juego con apuestas altas.
Quiero jugar para ganar.

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domingo, 7 de mayo de 2017

Contra el fetichismo obrero: Apuntes para superar la terminología marxista entre los anarquistas - Manuel de la Tierra.

                     
  


                                            Publicado en: El Surco Nº15 - Chile

"Mira qué fácil es todo, cuando está bien explicado, me han dicho que el mundo es la lucha entre los buenos y los malos.
Que está la clase explotada y enfrente la explotadora y la lucha entre los dos bandos es el único motor de la historia.
Cualquiera que sea un currante, por el mero hecho de serlo, está de nuestro lado y merece nuestro respeto.
Por contra están los ricos, que son siempre los culpables de todo lo malo que ocurra y de todo lo malo que pase.
Y yo pienso que esta forma de no pensar es una mierda que impide ver los problemas tal como son, la realidad tal como es.
Simplificarlo todo así, sólo nos puede conducir a darnos contra una pared y creernos que eso es resistir"

(Producto Interior Bruto)

Hay entre los que se reclaman revolucionarios hay un cierto grado de sacralización de las figuras del obrero, del sindicalismo, de las masas y de la idea de lucha de clases. Si uno plantea la transformación social sin centrar el análisis en estos sujetos, conceptos y espacios, se estaría cometiendo herejía. Entre más “popular” vista el individuo o su organización, más genuinamente revolucionario es. Si no te llenas la boca con “proletariado”, “lucha de clases” otras palabras del mismo tono y no centras la acción cotidiana en ellas, ya no eres uno de ellos. A lo sumo serás un ambiguo postmoderno, un infantilista irresponsable o, derechamente, un reaccionario. Por supuesto, esta situación no es ajena a los llamados anarquistas. Y a mi entender esto se debe a que no nos hemos sabido librar completamente de la herencia analítica, estética y discursiva de los paradigmas revolucionarios marxistas de los sesenta, setenta y ochenta. El anarquismo criollo no ha superado del todo el trauma del izquierdismo que alguna vez reemplazó su lugar en el combate anti-estatal (MIR, FPMR, MJL). Hablo de trauma porque el rebrotar de la actividad libertaria en los noventa encontró huérfano al “movimiento anarquista” de referentes locales de su propia ideología (extintos hace tiempo), lo que llevó a muchos, explícitamente a veces, inconscientemente en otras, a acercarse a los modelos de análisis marxistas, a adoptar su estética, su memoria histórica y, lamentablemente, a copiar en ciertos casos sus modelos de organización. Las consignas, las demandas, los 29 de Marzo y los 11 de Septiembre, son los ejemplos más visibles de este proceso.

El recuerdo de los que combatieron y murieron por la libertad y el de las experiencias subversivas de otras vertientes ideológicas es sumamente importante si buscamos en ello herramientas para el hoy, pero es contraproducente cuando rememorar se vuelve un porfiado ejercicio para traer fórmulas del pasado que ya no resisten al presente. Por mucho que se le enrostre al marxismo la burocratización y el autoritarismo en cada una de sus experiencias históricas, cuestión irrefutable por lo demás, no vemos un vivo atrevimiento ni la intención a lo menos de cuestionar y cambiar tajantemente las herramientas de investigación sociológica que ellos emplean y que nosotros no abandonamos aún.

El principal problema que veo en esto es que por no cuestionar las claves de análisis del marxismo y sus terminologías, concluimos encerrándonos en sus mismas lógicas estrechamente economicistas en donde la revolución depende de las estructuras de producción, excluyéndose del estudio (y combate) las múltiples aristas del sistema de dominación que no necesariamente se vinculan al trabajo asalariado. A saber, la cultura, la política, el inconsciente colectivo, las diferencias étnicas y etcétera. Según los marxistas todo esto depende de los modos de producción (estructura y superestructura), entonces si trasformamos la economía, cambiaremos todo lo demás. (1) Y para modificarla hay que tomar el control político del Estado con la consiguiente y macabra dictadura del proletariado, que no es más que la dictadura del Partido Comunista. Pero para nosotros quienes sostenemos que no hay igualdad ni libertad en donde existen jerarquías y control policiaco, ninguna dictadura es deseada. Y aún en el caso de que trasformemos la economía suprimiendo en el proceso la estructura orgánica del Estado (instituciones, espacios y capacidad de control), aquello no importa una relación directa con la modificación del pensamiento individual. Es más fácil hacer notar a alguien que su jefe lo explota a explicarle que deje de creer que su compañera es su propiedad, que el peruano o el argentino no es su enemigo o que se puede vivir mejor sin autoridad alguna. Por muy comunista que sea la economía, no hay revolución alguna si no hay un cambalache categórico de las estructuras mentales. Y la economía no determina las cosmovisiones, sino una serie de factores que tienen que ver primordialmente con las experiencias particulares de cada ser. (2) La cuna no determina tu lugar en la lucha, eso sería creer que la distribución de mentalidades en el orden actual es como generalmente lo fue en la edad media europea. Un obrero puede ser tan enemigo de la libertad como su patrón. ¡Falsa conciencia! -nos gritan los marxistas y quienes creen en sus metodologías: como los poderosos controlan la cultura, modifican las aspiraciones de los obreros y los hacen renegar de los “verdaderos” intereses de su clase, pero cuando llegue el día –nos advierten- en el que todos los trabajadores se hagan la idea de que son una gran unidad histórica y de que juntos deben hacer la revolución anteponiendo sus intereses a los de las clases hegemónicas, se acabará la falsa conciencia y la sociedad de clases. Bonita ilusión, decimos, que no considera siquiera las dinámicas de la sociedad moderna en donde los roles se confunden anulando las divisiones nítidas entre los diversos actores sociales.

Hoy, un siglo y medio después de cuando se trazaron las ideas genéricas del materialismo histórico, tiempo en que todas las estructuras de dominación se han perfeccionado y sofisticado sobremanera, urge cuestionar todo aporte teórico desde esas vertientes. Y no se trata de destruir por destruir, por cierto.

Apremia también cuestionar el modelo de “explotados y explotadores”, pues ya no hay sociedad –y nunca la hubo- dual. Las redes de poder y los conflictos en sus entretejidos son muchísimo más complicadas que un simple encontrón entre burgueses malvados y proletarios descamisados. En todo individuo hay un opresor, en todo trabajador hay un capitalista, en todo militante hay un militar: es preciso acabar con todos.

Si bien el anarquismo tuvo una época en que su relación con el mundo de las organizaciones de trabajadores era estrecha, innovando orgánicamente y aportando de diversas formas a sus luchas contra las redes de poder económico y estatal; su cuerpo teórico concibió ideas de redención que sobrepasaban los márgenes productivos. La idea era la transformación integral del individuo y con él de la sociedad toda. No te liberas en cuanto a tu clase, sino en tu calidad de ser. Ni opresores ni oprimidos, he ahí la cuestión primera.

Volviendo a la necesidad de superar al materialismo histórico en el campo anarquista me resulta preocupante el afán de muchos de “reafirmar el carácter de clase del anarquismo”. Haré referencia a un artículo de la revista plataformista Hombre y Sociedad, pero insisto en que esto no solo está presente en dicha corriente. No criticaré punto por punto sus postulados que, asumo, están inspirados de buena fe, aunque no concuerde con la mayoría de ellos. Pero sí me interesa ejemplificar el problema con éste, un típico caso de matrimonio entre anarquismo y fetichismo obrerista, en donde abundan los términos “proletariado”, “dialéctica”, “conciencia de clase”, “masas”. Aunque, como veremos, la similitud no sólo está en las palabras, sino también en las claves de lectura de la realidad. Espero no distorsionar el sentido del texto, como ocurre casi siempre cuando se cita para debatir, pero creo que este párrafo habla por sí sólo. Dicen desde H&S para combatir a los detractores de su tendencia:

“Así la resistencia a la plataforma aparece como la resistencia a dar el salto de un anarquismo abstracto, marginal, a ser parte activa en la lucha de clases, a hacerse parte de las dificultades reales que experimentan los movimientos sociales, por temores virginales a lidiar con la política real, se trata del temor natural que produce esta idea de que el anarquismo es sólo una posibilidad que hay que hacer parir, además del miedo al dolor y al trabajo que éste implica necesariamente” (3) (la negrita es mía).

¡Ay de nosotros los abstractos, los marginales y ajenos a las reales dificultades, los de vírgenes temores, los miedosos al dolor y al trabajo! Pero más allá de la arrogancia evidente, y de la ignorancia respecto a los costos que implica desarrollar la anarquía en otras formas, lo que me urge referir sobre este artículo es el porfiado tema de la lucha de clases. En donde no se concreta un cuestionamiento a la terminología marxista sino que, sirviéndose de ella, se permiten definir entre anarquismos concretos y abstractos. Personalmente valoro todo trabajo que se haga para mermar el sistema de dominación, cuanto más diversos mejor, y me agrada la preocupación por hacer más efectiva la presencia de las prácticas y valores libertarios en la sociedad, como supongo a la gente de H&S, pero me parece peligroso que se alimenten del materialismo histórico sin hacer al mismo tiempo una crítica profunda (más allá de los lugares comunes: antiburocracia, antipartidismo, etc.) de sus estrechos marcos economicistas. ¡La vida social es mucho más compleja que las relaciones con el malvado capital! Antes que el capital está la autoridad, y no hablo solo de las fuerzas evidentes del Estado o sus edificios y símbolos (Ejército, carabineros, cárceles, escuelas, edificios administrativos), sino –y principalmente- de aquella red de creencias que hacen de él una fortaleza aparentemente inexpugnable. Creencias como aquella hegemónica –y pilar de la dominación- que nos advierte que no se puede vivir sin autoridad. Y a esa máxima no la acabaremos únicamente con piedras y bombazos, ni con huelgas ni grandes manifestaciones. Aunque todo sirve, por cierto.

Y como soy un convencido de que las formas de combatir los mil rostros de la dominación pasan por multiplicar mil espacios de respuesta y contraofensiva, no puedo dejar de cuestionar aquella creencia (que también empieza a abundar entre los ácratas) que invita a distanciarse completamente de la lucha económica por considerarse funcional al orden. En esa lógica, por ejemplo, el sindicalismo vendría a ser otro instrumento más de dominación.

Veamos un caso. En el nº 53 de la publicación anti-plataformista Libertad! de Buenos Aires apareció un artículo firmado por Patrick Rossineri que sintetiza esta idea (4). Coincidimos en su análisis, más no en las conclusiones. Ante la pregunta de si acaso es posible o deseable para los anarquistas horizontalizar y autogestionar los sindicatos, el articulista remata negativamente, aunque deja en claro la necesidad de fortalecer entidades anarcosindicales, el trabajo en los barrios y con los no sindicalizados, con los cesantes. Bien dice Rossineri que el sindicato está inserto en el sistema de dominación en tanto reproduce al mismo en las estructuras jerárquicas de su funcionamiento interno, así como en su disponibilidad a las subvenciones estatales. Y es cierto que el sindicato es hoy un organismo autoritario y pancista, sólo preocupado en demandas inmediatas de caracteres gremiales y restringidos a su particular radio de acción. Ya no existe la huelga política, la huelga solidaria, como otrora cuando por ejemplo los gremios paraban sus labores para apoyar a otros sindicatos o reclamar la libertad de los presos políticos. Pero, a nuestro juicio, que el sindicato esté amarrado a la estructura de poder no implica negar la posibilidad para un anarquista de luchar en él. Requerimos transformar todos los espacios en los que nos desenvolvemos ¿por qué éste no? Y esto tampoco significa claudicar, hay que combatir a los politicastros, a los legalistas y todo dirigente sindical debe ser objeto de desconfianza en tanto autoridad, pues la delegación y la sumisión muchas veces visten ropajes simpáticos. El sindicato es una herramienta como tantas otras y además se ha mostrado útil para detener el abuso patronal en no pocos casos. Creo más bien que el problema pasa por no hacer del sindicato y el sindicalismo la panacea. Por su parte el anarcosindicalismo es una solución parcial y limitada a la burocratización del sindicato legal y partidista, pero no es en sí mismo la solución al general sistema de dominación.

La gesta libertaria trasciende nuestro lugar en el sistema de producción y el entretejido de relaciones salariales en el que sobrevivimos. Hasta acá llegamos hoy. El llamado es a cuestionar el uso indiscriminado y acrítico de la terminología y las claves de análisis marxistas entre los anarquistas, y para sugerir cuidado sobre su antípoda antieconómica. Y es que el anarquismo no depende de las estructuras de producción, pero tampoco puede desentenderse de las mismas. Pero y en todo caso, no es la verdad anarquista la que habla hoy, sino la limitada opinión de uno de los miles que se reclaman como tal. Provocar a la reflexión es la idea.

Citas:
[1]. A pesar de las reformulaciones y “actualizaciones” del pensamiento marxista, por ejemplo con el rescate de los aportes sobre “hegemonía” de Gramsci (opacado por largo tiempo en A.L. por Althusser y compañía), estas ideas continúan intactas. Entre otros véase, Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, X edición, Siglo XXI, Santiago, 1972.
[2]. Incluso los mismos historiadores marxistas lo han notado, aunque no se note en las directrices de sus partidos. Estúdiese los aportes de E. P. Thompson y su “Formación de la clase obrera en Inglaterra”, Editorial Crítica, Barcelona, 1989.
[3]. El artículo referido es “A propósito de las resistencias a “La Plataforma”: Contribución a un anarquismo de masas.”, Hombre y Sociedad, nº 24, Invierno 2009, Santiago, p.15.
[4]. “El sindicato como herramienta de dominación”, Libertad!, nº 53, Octubre-Noviembre 2009, Buenos Aires.


Fuente: http://elanticristodistro.blogspot.com.es/2011/03/contra-el-fetichismo-obrero-apuntes.html

viernes, 5 de mayo de 2017

Pressentiments.


El anarquismo, es decir, el comunismo libertario se diluye en los anarquismos.

El respeto por la Autoridad es mediocridad.

La jerarquización de la sociedad determinó la explotación y la dominación.

La creación del ejército perfeccionó y fortaleció el sistema de dominación implantando una organización social basada en un aparato de administración burocrático que origonó el Estado y sus instituciones coercitivas de control y poder sobre la sociedad.

La conciencia reside más en la observación del presente que en el conocimiento o pensamiento basado en la experiencia del pasado.

El auto-engaño de sentirse realizada con el trabajo asalariado viene precedida por una voluntad de poder y por lo tanto del ser, ser algo para no sentirse minusvalorada en la sociedad de la competencia, el odio, la violencia, y el consumo. La subordinación a cambio de cuotas de poder y en último caso para la supervivencia del más apto.

La voluntad de poder nace de la ausencia de auto-estima, para posteriormente edificarse en el dominio sobre el otro o en el desprecio y el odio cuando no se le puede someter, dando sentido de esta manera a una vida vacia que necesita camuflarse constantemente de distintas formas de poder como la principal fuerza motriz en la que se asienta el individuo y la sociedad.

La doble moral es el mecanismo perfecto por el cual se puede justificar el Yo ante la hipocresía reinante en la que se sustenta el sistema de dominación.

No somos dueños del tiempo, sólo parte de él.

En la sociedad de la dominación el Yo se forja en la imagen que cada individuo proyecta al exterior en base a sus capacidades y características intrínsecas para poder competir con el otro y anularlo, la astucia suplanta a la inteligencia creando seres mediocres desprovistos de amor, la fuerza motriz es el pensamiento y no el sentimiento.